En estos días donde las cifras son parte fundamental de nuestras conversaciones y de las cabeceras de prácticamente todos los medios de comunicación del mundo, se destacará que hemos llegado al millón de fallecidos “oficiales” por esta pandemia que nos ha pillado a todos con las defensas bajas y no sólo me refiero al sentido inmunológico de la expresión. He destacado el término “oficiales” porque la realidad es que son muchas más si tenemos en cuenta la diferencia entre los números declarados por las autoridades y las cifras de mortalidad en estas mismas fechas en años anteriores. Perú, Ecuador y Bolivia encabezan el ranking mundial en este punto, seguido de España que es con diferencia la más impactada en Europa: las muertes oficiales son 31.000, pero desde marzo los registros han observado 56.000 muertes más de lo habitual que en años anteriores. No serán todos de Covid, porque el colapso hospitalario también afectó a otras patologías, pero es más que seguro que una gran parte se deben atribuir al mismo.

Sin quitar importancia en absoluto a la virulencia del virus, tampoco hay que esconder que, de haber tenido una clase política dirigente más preparada, con mayor capacidad de gestión y fundamentalmente menos ideologizada en muchos casos y menos pendientes de confrontar con sus rivales políticos que de buscar soluciones, es más que probable que ahora estaríamos hablando de cifras considerablemente más bajas y nuestra preocupación ante el futuro que nos espera no sería tan evidente.

Ya en la Roma clásica existían tres maneras diferentes de interpretar el poder: imperium, auctoritas y potestas. Mientras que el primero era un poder absoluto ejercido fundamentalmente por cónsules y en el que no me voy a detener más, si me parece muy importante hablar de los otros dos: la “potestas” era el poder político que imponía sus decisiones mediante la coacción y la fuerza y que devenía del cargo ostentado. Por el contrario, la “auctoritas”, era más un poder moral que se basaba en el reconocimiento y prestigio de una persona; es decir, a priori no era un poder vinculante, pero sí socialmente reconocido e influyente. En el equilibrio entre “auctoritas” y “potestas” se sustentaba el Estado Romano.

¿A que viene toda esta disgresión histórica? A que en este momento de crisis sanitaria, social, económica y personal los países que tiren de “auctoritas” (líderes) y menos de “potestas” (gobernantes politizados), serán los que saldrán antes y más reforzados de esta situación. De hecho, así está pasando.

Por desgracia, muchos de nuestros políticos al carecer de ese liderazgo y claridad tienen que acudir “al ordeno y mando” para implementar unas políticas en las que ni siquiera ellos mismos creen. Su “potestas” viene de la jerarquía, del cargo que aparece en sus tarjetas de visita, del coche oficial al que llegan a las reuniones y del número de guardaespaldas que les protegen, pero no se dan cuenta que lo que ahora necesitamos son dirigentes hacia los que sintamos respeto y admiración.

Esto no quiere decir que no haya que usar la autoridad que deviene de su cargo para tomar e implementar decisiones, a veces controvertidas e incluso poco entendibles y difíciles de asumir; sin embargo, si dichas decisiones vienen de alguien que ha demostrado su liderazgo, coherencia y responsabilidad, la ciudadanía las respetará, las interiorizará y será el principal guardián para que todos las cumplamos, incluso en el caso que sus resultados no sean los esperados.

Esta crisis no se soluciona poniendo la ideología encima de la mesa. Desafortunadamente es de tal dimensión y profundidad que no hay recetas milagrosas a uno y otro lado del espectro político. Nunca propuestas partidistas han estado tan próximas como en estos momentos. Siendo así, ¿por qué es tan complicado remar todos en la misma dirección y dejar a un lado la confrontación política? Para mí la respuesta es clara, nuestros gobernantes o al menos una gran parte de ellos, saben que sólo podrán ejercer el poder que les “emborracha” si mantienen su cargo público (potestas). Sin él, desaparecerían de la foto y nunca más nadie les recordaría porque jamás lograron tener el respeto y admiración por parte de sus conciudadanos (auctoritas).

A más “potestas” más necesitan reforzar su presencia “física” entre todos nosotros y de ahí sus alocuciones continuas e interminables con ese tono entre lastimero e impostado que pretende recordarnos que “ellos” están arriba y “nosotros”, al estar abajo, debemos hacer caso a lo que nos dicen, porque para eso han sido elegidos. El dicho “lo breve y bueno, dos veces bueno”, no les aplica. ¡Que confundidos están!

En un mundo donde cada vez prevalece más la economía colaborativa, la política sigue anclada en arcaicas dicotomías que devienen en discusiones fatuas y huecas de las que no se saca nada en claro, más que titulares de prensa que nos confunden, nos indignan y nos hacen sentir que no estamos en las mejores manos, mientras que las cifras de contagios y muertos “oficiales” y reales aumentan día a día. Es momento de gestionar los problemas con cabeza, conocimiento y humildad y la recompensa llegará por nuestra parte, pero la miopía política les impide actuar de esta manera

Ahora apliquemos lo antes dicho a dirigente variopintos: Trump, Duque, Merkel, Conte, AMLO, Bolsonaro, Macron, Johnson, Sánchez, Ardem… y que cada uno haga su matriz de “potestas vs auctoritas” y cómo están gestionando esta crisis y el respaldo que tienen, local e internacionalmente.

Ya que estamos usando símiles y situaciones del Imperio Romano, voy a terminar con otra. Como todos sabemos, al menos por las películas, cuando las legiones romanas salían victoriosas de una batalla, desfilaban por Roma encabezadas por su general engalanado y subido a una cuadriga. A dicho general siempre le acompañaba un esclavo, hecho curioso y difícil de entender, que cada cierto tiempo le recordaba al general: “respicte post te, hominem te ese memento”. Que no es otra cosa que: “Mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un hombre”.

Ojalá que nuestros gobernantes se comporten más como hombres y menos como políticos. Ahora más que nunca.