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El lado B de la pandemia

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Guillermo Cáez Gómez Socio en Cáez Muñoz Mejía Abogados

Ha pasado más de un mes y seguimos en cuarentena. Han pasado los suficientes días para ver cómo empiezan a crecer no solo las cifras de contagios, sino los efectos económicos y el impacto que en nuestra rutina está causando la cuarentena. ¿Difícil de asimilar? Cada uno tendrá que hacer su propio proceso y saber qué sacará de esta lección que la vida nos está dando.

A pesar de ese entorno de dificultades, obstáculos y trabas que, muchos podrán pensar, se atravesaron entre nuestros proyectos y su concreción, está el lado B de la pandemia, el bueno, el que nos hace pensar que unidos, pensando en sociedad y con sentido común, podremos superar cualquier escenario por más adverso que este parezca. Los montos de las donaciones en Medellín y Bogotá han demostrado que somos capaces de darnos una identidad como país y que, sin importar nuestra historia, estamos dispuestos a resistir y batallar, no desde la polarización sino trabajando del mismo lado.
Muchos han sido los ejemplos a lo largo de la emergencia económica, pero uno ha llamado poderosamente mi atención. Muchos lo conocen por ser la mente detrás de proyectos que se han convertido en la ventana al mundo de su ciudad y otros lo pueden conocer por su compañía, pero yo tuve el gusto de saber de él desde las redes sociales, no por sus éxitos o fracasos empresariales, sino por la particular forma en la que ha abordado esta crisis.

Desde el minuto uno, todos sus trabajadores gozan de todos sus beneficios, prestaciones, trabajo en casa, vacaciones pagadas, etc. Todo eso es destacable en un mundo donde poco se valora el verdadero recurso, el humano. Pero más allá de la estoica gestión de un gran líder empresarial, su verdadero talante personal quedó en evidencia cuando decidió “adoptar” tres barrios en su ciudad (La Playa, Las Flores y Siape), en los cuales semanalmente entrega diez mil mercados para que las familias que allí viven tengan la oportunidad de acatar las medidas de la cuarentena, pero con alimentos para sustentarse. Sin que sea suficiente, este mismo casi mitológico personaje, al ver la difícil situación de muchos pequeños productores -por el entorno adverso que ha generado la Covid-19- que estaban perdiendo sus cosechas y, en consecuencia, no podían desde luego tener un ingreso, decidió solidarizarse comprando todas las cosechas y extendió su generosidad a otros lugares diferentes para que los habitantes de su ciudad pudieran alimentarse, los productores recibir un ingreso justo y nuestra sociedad crecer un poco con cada acto de desprendimiento suyo y de cada uno de nosotros, desde nuestras propias posibilidades.

Hago visibles estos hechos porque, como lo dice el título de esta columna, estos actos de altruismo, desprendimiento y generosidad, lejos de tener que hacerse en silencio, es necesario sacarlos a la luz para que entendamos la importancia de dar y buscar la forma de convertirnos en lo que siempre he repetido: agentes de cambio. No podemos estar ajenos al reto de cambiar el rumbo, de tomar el timón y seguir el ejemplo de una persona que no conozco pero que ha demostrado que siempre la mejor utilidad es la del beneficio social y común. Muchos ya sabrán de quién les hablo: el protagonista de esta historia es Christian Daes, a quien desde esta columna le aplaudo su grandeza y generosidad. Él, como muchos otros, nos ha mostrado el lado de B de esta pandemia.

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