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Analistas 07/05/2026

China ¿llenando vacíos?

Eric Tremolada
Dr. En Derecho Internacional y relaciones Int.

Basándonos en los resultados de la encuesta Amlat Radar 2026: Miradas latinoamericanas sobre Europa y el mundo, fruto de 12.000 entrevistas en 10 países, llaman la atención seis puntos que denotarían que la acción exterior europea no encuentra caminos para estrechar su relacionamiento con América Latina (AL).

Primero, la relación sigue marcada por una lógica “civilizatoria” que no compagina con el pragmatismo en AL, que busca beneficios materiales y tangibles. Europa debe dejar de lado una agenda con tono de “pontificación” para recuperar confianza y encajar con las urgencias de la región.

Segundo, el actual imaginario latinoamericano no solo centra su mirada en Occidente. Las sociedades de la región buscan opciones para no depender de un único polo de poder, lo que ha provocado una caída en la valoración que se atribuye a los países europeos frente al atractivo de China, Japón y Corea.

Tercero, la crisis no superada del modelo de integración europea conspira contra la idealización de un modelo idóneo para América Latina, desgastando el regionalismo local y debilitando uno de sus pilares de influencia más fuertes en la región.

Cuarto, en áreas críticas como la economía verde y el cambio climático, Europa ha pasado de ser una guía a ser vista como una fuente de condicionalidad. Quinto, si bien Europa ha tenido éxito proyectando una autoridad normativa en derechos humanos, no se entiende en la región por qué no se incluye en esta agenda la justicia social y la reducción de la pobreza.

Por último, AL vincula la imagen de Europa con el pasado, no como un actor capaz de ofrecer un horizonte de futuro. Europa necesita actualizar con urgencia su manera de acercarse a la región; no puede permanecer con ese tono pontificador y, a la vez, silencioso frente a sus desafíos. Tiene mucho que ofrecer, en particular en la dimensión social.

Las bravuconadas de Washington y el silencio de Bruselas abren a AL la necesidad de diversificar opciones internacionales de relacionamiento, no para buscar una nueva subordinación, sino para ampliar sus opciones y -eventualmente- no depender de un solo centro de poder.

Con una China que ya lidera en áreas de ciencia, educación, tecnología e inversión, sectores que tanto EE.UU. como Europa no buscan llenar, se torna como una alternativa más que plausible y con financiamiento, incluidos proyectos de infraestructura.

AL rechaza la diplomacia del control y cree en la “coexistencia pacífica” y la resolución no violenta de conflictos; de ahí que busque reforzar su autonomía ampliando sus capacidades para reducir la precariedad, y la relación con China puede enfocarse en proyectos que generen empleo y desarrollo social real.

El soft power chino se basa en la “no injerencia en asuntos internos”, lo cual coincide con el ánimo de defensa de la soberanía latinoamericana y les permite a estos países mantener vínculos diversos sin necesariamente entrar en una colisión frontal con Washington, siempre que se maneje con una diplomacia múltiple y pragmática.

El Consenso de Beijing parece ser la mejor forma de contrarrestar el modelo impositivo estadounidense y la pontificación europea, al presentarse no como una nueva dominación, sino como una asociación Sur-Sur simétrica que respeta la soberanía nacional y ofrece los recursos necesarios para el desarrollo que Occidente ha dejado de proveer.

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