MI SELECCIÓN DE NOTICIAS
Noticias personalizadas, de acuerdo a sus temas de interés
La construcción de vivienda en lo corrido de 2026 registra el nivel más bajo de iniciaciones de obra de los últimos dieciséis años. Al mismo tiempo, los desistimientos de vivienda de interés social (VIS) alcanzaron máximos históricos. Este fenómeno está estrechamente ligado al desmonte del programa Mi Casa Ya y a la incertidumbre generada entre miles de hogares que aspiraban a ser propietarios. El resultado ha sido una profunda pérdida de confianza entre las familias de menores ingresos.
Detrás de estas cifras hay mucho más que una desaceleración sectorial. La vivienda es uno de los grandes motores de la economía colombiana. Cuando se construye menos, se resienten industrias como el cemento, el acero, la cerámica, el vidrio, el comercio, los servicios profesionales y la banca. Se afectan miles de empleos formales.
Por ello, la política de vivienda no puede depender de los ciclos políticos ni de las prioridades de cada gobierno. Debe ser una verdadera política de Estado, con visión de largo plazo y continuidad institucional. La vivienda nueva cumple objetivos económicos, sociales y urbanos: reduce el déficit habitacional, fortalece el patrimonio de las familias, genera empleo y moviliza inversión privada en todas las regiones.
Durante décadas, los subsidios a la demanda demostraron ser instrumentos eficaces para impulsar el mercado, especialmente en vivienda social. Su debilitamiento coincidió con una fuerte caída de las ventas, evidenciando la necesidad de recuperar mecanismos que devuelvan confianza a hogares y constructores. Igualmente, se requieren tasas de interés más bajas para ampliar el acceso al crédito hipotecario.
En este contexto, resulta relevante la propuesta de Abelardo de la Espriella y de José Manuel Restrepo, orientada a reactivar la construcción de vivienda como eje de la recuperación económica y social. La iniciativa reconoce que la vivienda es mucho más que un sector productivo: es una herramienta estratégica para impulsar el crecimiento, generar empleo y mejorar la calidad de vida. Con decisión política, coordinación institucional y trabajo conjunto con las regiones, es posible construir un millón de viviendas formales durante el próximo cuatrienio.
En concordancia, es necesario restablecer instrumentos de financiación, fortalecer el Frech, recuperar subsidios nacionales, acrecentar los regionales, apoyarse en las cajas de compensación, brindar seguridad jurídica, agilizar licencias y trámites urbanísticos y facilitar la incorporación de suelos para desarrollos. También es fundamental promover la construcción sostenible; los subsidios deben priorizarse en proyectos con certificaciones en ese sentido. Son medidas indispensables para una actividad que históricamente ha impulsado el desarrollo nacional.
De acuerdo con Abelardo, Colombia necesita construir más viviendas formales, más barrios, más infraestructura y más oportunidades. Entender la vivienda como una política de Estado será determinante para recuperar el crecimiento económico, fortalecer la cohesión social y generar empleo formal. La vivienda es un buen negocio para el país y, gracias a su capacidad de generar patrimonio y valorización, también lo es para los hogares.
Michael Hopf presenta un dicho inequívoco en su libro “Those Who Remain” y que explica perfectamente el fenómeno del crecimiento que se ha visto últimamente en la popularidad del comunismo en EE.UU.
Hace unas semanas leí sobre Alpha School, un modelo educativo que utiliza inteligencia artificial para personalizar gran parte del aprendizaje académico y dedicar más tiempo al desarrollo de habilidades humanas. No sé si ese será el colegio del futuro. Lo interesante es la pregunta que plantea: ¿qué debemos enseñar cuando el conocimiento deja de ser el principal factor de diferenciación? Durante décadas, la educación tuvo un propósito claro. La escuela transmitía conocimientos y la universidad formaba especialistas. En un mundo donde acceder a la información requería tiempo y esfuerzo, ese modelo tenía sentido. Hoy cualquier estudiante puede pedirle a una inteligencia artificial que explique un concepto, resuelva un problema o resuma un libro en segundos. Si la información dejó de ser escasa, la ventaja competitiva ya no será saber más. Será pensar mejor. Eso exige replantear nuestras prioridades. El pensamiento crítico deja de ser una habilidad complementaria para convertirse en el centro de la educación. No porque las respuestas hayan perdido importancia, sino porque ahora cualquiera puede obtenerlas. Lo realmente valioso será distinguir entre información y evidencia, identificar sesgos, conectar disciplinas y ejercer buen juicio cuando no existe una solución evidente. Los líderes más admirados rara vez son quienes tienen todas las respuestas. Son quienes hacen las preguntas que los demás no habían considerado. Saben simplificar problemas complejos, escuchar perspectivas distintas, cambiar de opinión cuando la evidencia lo exige y decidir aun cuando la información es incompleta. Esas capacidades no pertenecen a ninguna profesión en particular. Son el resultado de una formación amplia, de la curiosidad intelectual y de la disposición a cuestionar incluso las ideas propias. Si la inteligencia artificial obliga a replantear la educación, quizá el mayor cambio no sea tecnológico, sino filosófico: volver a enseñar a pensar. Curiosamente, esta transformación nos acerca a los grandes pensadores del Renacimiento. Estos no entendían el saber como compartimentos aislados. Leonardo da Vinci fue artista, ingeniero, anatomista e inventor porque comprendía que la innovación nace al conectar ideas. Los problemas que hoy enfrentan las empresas tampoco pertenecen a una sola disciplina. La inteligencia artificial, la geopolítica, la transición energética o el envejecimiento de la población exigen integrar tecnología, economía, derecho, psicología y ética. Formar líderes implica mucho más que desarrollar una buena capacidad analítica. También exige aprender a enfrentar la incertidumbre, asumir riesgos y entender que el fracaso forma parte del aprendizaje. Es allí donde se construyen el carácter, el juicio y la resiliencia. La inteligencia artificial puede reducir el esfuerzo necesario para aprender, pero no puede reemplazar las experiencias que forman el carácter. La discusión sobre la educación suele concentrarse en cuánto tiempo pasarán los estudiantes utilizando inteligencia artificial. La pregunta es más bien qué tipo de líderes queremos formar cuando todos tendrán acceso al mismo conocimiento. Las organizaciones y el mundo necesitan personas capaces de razonar con independencia, conectar perspectivas distintas, ejercer buen juicio, convertir la adversidad en aprendizaje e inspirar a otros para resolver problemas complejos. Esa ha sido siempre la esencia del liderazgo, y ninguna inteligencia artificial podrá reemplazarla