Tomo el libro de mi biblioteca el 11 de abril pasado y veo que se cumplen 75 años de la liberación del escritor español Jorge Semprún del campo de exterminio de Buchenwald, por el teniente norteamericano, de raíces alemanas, Walter Rosenfeld, quien en visita a Weimar -ciudad en el que vivió Goethe y lugar cercano a este sitio de exterminio-, conmueve al intelectual por su bondad y cultura.

Su humanismo fue lo que más cautivó a Semprún. Tomo el libro y lo acaricio, y no es su bello texto “La escritura o la vida” en el que narra la dramática experiencia nazi, que destaca el arte y la literatura como modelo de cultura. Recuerdo la escena del teniente cuando dice: “¿Heidegger? -exclama- ¡Ha leído a Martín Heidegger!”. Yo no lo he leído. Algún día no lejano lo leeré.

El libro que tomo y acaricio tampoco es de Martín Heidegger; menos, “El ser y el tiempo”; el que tomo y acaricio es “El decamerón”. Lo he seleccionado fruto de un diálogo con mi amigo, el humanista caribe, Juan Antonio Pabón Arrieta. De paso, me alegra que su libro “La democracia en América Latina: un modelo en crisis” sea materia de consulta en las bibliotecas de las universidades de Columbia, Stanford, el Congreso de los Estados Unidos de Norteamérica, Uniandes de Colombia y 75 instituciones de educación superior del mundo.
Siempre es oportuno y enriquecedor leer a los humanistas del Renacimiento italiano. Giovanni Boccaccio es genial y sus exhortaciones hoy está más vigentes que nunca.

Mientras me dispongo a leer, escucho un pregón que no es el de la portentosa voz de Celia Cruz cantando “El Yerberito” trayendo “yerba santa pa’ la garganta”, sino la expresión de un hombre que vocifera: “aguacate”, “aguacatícese”, es la garganta de que quien necesita trabajar para vivir al día.
También se escucha la dulce voz de la vendedora de papaya, del que ofrece peto, tinto, etc. Esas son voces que en el confinamiento obligatorio le dicen al Estado de Derecho y a las autoridades que algo fracasado existe en la democracia colombiana.

Claman por el rediseño de la política y el Estado de Derecho sin saberlo. Señalan que si no se resuelve vivir dignamente, la vida de todos corre peligro. Sí, de todos. Unos venden aguacates, papayas, guineos, peto y tinto; otros compran. La cadena típica de contagio. Pensar en humanidad y solidaridad es la tarea y hay que seguir adoptando medidas urgentes y eficaces. No lo dudemos. La política y la economía tienen que ser puestas al servicio del hombre. En especial, de los hombres más débiles, es decir, los millones de pobres que tiene nuestra querida patria.

La democracia es el gobierno de todos y se deben adoptar políticas a favor de las comunidades, en particular, de las más débiles. Los fuertes tienen posibilidades de cumplir el confinamiento obligatorio, ayudemos a los millones de pobres que tienen dificultades para hacerlo.

Me dispongo a leer “El Decamerón”. Son un conjunto de bellos cuentos que los leeré bajo la perspectiva de la época en la que fueron escritos, en el año 1348, cuando una peste exterminó gran parte de Europa, y que en la majestuosa ciudad de Florencia perdieron la vida cerca de 100.000 personas. Leo con el alma desgarrada, siempre pensando en las medidas urgentes que han de tomarse y el proceso de reinvención política que ha de tener nuestro Estado para cumplirle a la gente.