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Analistas 22/06/2026

Crisis financieras: 1929 y sus lecciones

Sergio Clavijo
Prof. de la Universidad de los Andes

La Gran Depresión (1929-1933) continúa siendo un insuperable laboratorio sobre historia financiera. Los estudiantes de doctorado nos deleitábamos con sus estudios comparativos y sabíamos que en algún momento nos toparíamos con situaciones que, por analogía, requerirían aplicar los sólidos principios allí aprendidos. Kindleberger (1973, The World in Depression…) y Galbraith (1993, A Short History…) continúan siendo íconos en esos temas que siempre vale la pena tener en mente.

Crisis financieras: 1929 y sus lecciones
LR

Ahora A. Ross Sorkin (2025), 1929, ha producido una magistral obra retomando dichas lecciones. Allí provee excelente balance entre la delicada situación política del momento (Wilson, Coolidge, Hoover y FDR) y la boyante situación macroeconómica, tras superarse crisis bancarias (1907-1921), pero cuyos excesos especulativos finalmente fraguaron esa profunda crisis financiera (1929-1933).

Uno de los temas que más me ha impactado ha sido la forma en que se fue deteriorando la confianza institucional, durante 1929-1933, referida a la FED y al sistema bancario. Esto a pesar de que, al momento del desplome accionario (-70% en el curso de 18 meses), la economía mostraba buenos registros macroeconómicos: el desempleo era tan bajo como 3% (1928-1929); el alza de la tasa de interés de la FED, para contener el brote especulativo accionario, había sido moderada (pasando de 5% a 6% anual), y la economía vivía un sostenido auge de consumo. Y, aun con ese soporte de un sector real vibrante y competitivo, la desconfianza institucional llevó a EE.UU. y al mundo a experimentar una “depresión” que se extendería hasta 1937 y, de hecho, solo quedaría superada con la carrera armamentista de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

Este auge venía impulsado por la industria automotriz, la cual consolidaba a General Motors en Detroit (86.000 empleados a nivel nacional) al lograr grandes encadenamientos productivos (hierro, acero, ensamblaje y exportaciones) a lo largo de 1919-1929; era la época dorada industrial de EE.UU.

No obstante, el componente especulativo financiero terminó por dominar ese sector productivo a través del ingenioso sistema de “créditos por instalamentos”, el cual ideó Charles Mitchell desde su Banco Nacional (el segundo en tamaño y buscando ser el primero al unirse con la bolsa de commodities del maíz). En particular, Mitchell promovió la compra de acciones al debe, simplemente aportando 20% como cuota inicial y esperando que el restante 80% se autofinanciara mediante el auge accionario (1921-1929). Al igual que durante el auge hipotecario 2001-2007, se pensaba que todos los estratos sociales podrían ganar, volviéndose emblemáticas las charlas de banqueros con sus emboladores de zapatos, a quienes se les recomendaba continuar comprando acciones (… en particular del Banco Nacional).

Así se fraguó la tormenta financiera perfecta: i) graves sobreapalancamientos accionarios, que dejaron de validarse en 1929-1933, ocasionando entonces “los llamados al margen” y sus pagos en efectivo, debiendo cubrir inmediatamente los faltantes en dichas garantías de compras al debe; ii) corridas bancarias, especialmente en zonas rurales, donde la recién creada FED (1913) poco podía hacer, ante la inexistencia del seguro de depósito bancario (FDIC, el cual finalmente impulsaría el representante sureño Steagall, a regañadientes del senador Glass); iii) políticas contractivas del gobierno federal, por su temor a la inflación resultante de la creciente deuda pública (… lo que Keynes llamaría la “paradoja del ahorro a destiempo” en su obra Treatise, recién publicada); iv) catastrófica adopción de alzas arancelarias que contrajeron el comercio de EE.UU. en 60% (Ley Smoot-Hawley, aprobada por Hoover en 1930); v) turbulencia financiera global por el abandono del patrón oro a manos de Gran Bretaña y seguida por EE.UU.; y vi) pugna política de republicanos (Hoover en el poder) vs. demócratas (con el triunfo de FDR en 1930), al tiempo que la FED carecía de la experticia requerida para maniobrar tan difícil momento (… además, la credibilidad de la FED se puso en juego ante el sorpresivo fallecimiento de su presidente Strong en 1928).

Ross ha escogido cautivantes protagonistas para relatar estos sucesos: de un lado, está Carter Glass -poderoso senador durante tres décadas (1911-1940), exministro de finanzas y gran conocedor del sistema bancario- y, de otro lado, el banquero Mitchell (liderando el Banco Nacional y sus fusiones para llevarlo a ser el más grande de EE.UU.). Estas pugnas entre políticos y banqueros estuvieron llenas de contradicciones: Glass quería controlar la especulación accionaria promovida por los banqueros y resentía (con razón) que Mitchell formara parte del directorio de la FED; pero no quería que la muralla china sector real-financiero afectara a la “Casa Morgan” (… sus amigos). Afortunadamente, la Ley Glass-Steagall terminó por romper todos esos perniciosos intereses cruzados (… aunque se revivieron durante la crisis hipotecaria 2008-2016).

Al final de esa obra, Ross concluye que Glass resultó siendo menos ambicioso en querer imponer límites al sector bancario, mientras que Steagall hizo una buena tarea promoviendo el seguro de depósito y defendiendo los bancos rurales. Termina la obra reivindicando a Hoover por anticipar políticas keynesianas, pero sin mayor efectividad por el bajo nivel presupuestal de la época, mientras que FDR supo administrar bien su capacidad comunicativa (… las charlas con el pueblo al calor de la chimenea).

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