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¿Sirven las oficinas de espacio abierto?

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Diego A. Santos - diegosantos1978@gmail.com

A fin de que los hijos no hagan todo lo que digan los otros, bien sean los amigos populares del colegio, o el grupo de compañeros, los papás suelen decirles: “Si fulanito se tirase de un puente, ¿tú lo harías?” Esta fórmula, en la mayoría de los casos, suele ser eficaz. “No mamá, no papá, no me tiraría”.

Causa curiosidad, no obstante, que los adultos la prediquemos, pero no la apliquemos. El caso que nos conduce a esta ironía es el de la proliferación que hubo en la última década del concepto de las oficinas abiertas, esas oficinas sin espacios cuyo fin era generar ecosistemas para fomentar la comunicación y el intercambio de ideas. “So 21st Century”.

A principios de la década pasada, las grandes empresas de tecnología, que en esa época no eran tan grandes, impulsaron el concepto de las oficinas abiertas. A raíz del éxito de estas, miles de corporaciones a lo largo y ancho del planeta empezaron a replicar el modelo. Lo hicieron sin preguntar ni investigar mucho.

Seguramente, algún ejecutivo visitaba las instalaciones de estas empresas, quedaba boquiabierto, y llegaba a plantear esta distribución como panacea. Si Google, Facebook y las demás start ups exitosas lo hacían, y les iba tan bien, ¿por qué no ellos? Se tiraron del puente.

Un estudio realizado en Estados Unidos en 2010 reflejó que más de 68% de los trabajadores trabajan en una oficina abierta o con separadores muy bajitos. Desde entonces han pasado más de ocho años, por lo que ese porcentaje debe ser hoy mucho mayor.

En la más reciente edición de la revista Fast Company, la periodista Katherine Schwab pone el dedo sobre la llaga y titula: “La muerte lenta de las oficinas abiertas: a los trabajadores no les gustan y las investigaciones demuestran que son ineficientes”.

Schawb cuestiona, sin tapujos, el concepto de la oficina abierta. ¿Por qué estas grandes empresas tecnológicas desarrollaron ese concepto? La razón: porque en sus inicios apenas tenían presupuesto para comprar mobiliario.

“Los empleados detestan las oficinas abiertas. Distraen. Son ruidosas. Y no hay privacidad. Investigadores han demostrado que las personas que trabajan en estos ambientes se toman dos tercios más de días de enfermedad que los que no. No solo eso, son mayores los índices de insatisfacción, estrés e improductividad”, escribe Schawb.

Un estudio de la escuela de negocios de la Universidad de Harvard señala que las oficinas sin paredes reducen en un 70% la interacción cara a cara y multiplican en un 50% el uso del correo o el chat para comunicarse.

En Colombia son hoy muchas las empresas que optaron por este modelo. La pregunta que habría que hacerse es si han estudiado al detalle los resultados de haberse embarcado en esta aventura. ¿Rinden más sus trabajadores? ¿Son más creativos, productivos y eficientes? En resumidas cuentas, ¿les esta funcionando el modelo?

Mark Zuckerberg, dice Schawb, tiene un escritorio abierto a los ojos de todo el mundo. Rara vez está sentando en él y se encierra en una sala de juntas privada. Lo mismo sucede con Jack Dorsey, el CEO de Twitter. La privacidad, claro está, es importante. Estos espacios sirven para generar ideas, mas no necesariamente para ejecutarlas.

Quizás algunas empresas hayan florecido así, pero no estaría mal hacer un alto en el camino y evaluar, con los trabajadores, qué tan eficientes son. ¿No?

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