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ANALISTAS 14/05/2026

Liderar no es poder, es influencia

Claudia Dulce Romero
Directora sede principal Politécnico Internacional

El liderazgo suele relacionarse con el poder. Con frecuencia, ese poder se asocia a la autoridad, la jerarquía o la capacidad de influir sobre otros. Aunque el liderazgo implica poder e influencia, la diferencia está en cómo se ejerce: puede transformar positivamente o deteriorar a quienes lo rodean.

Según el estudio “Feeling powerful at work makes us feel worse when we get home”, de los investigadores Foulk y Lanaj, la sensación de poder cambia dependiendo de las situaciones que vivimos durante el día. Por ejemplo, aumenta cuando una persona debe despedir o contratar a alguien, cuando participa en reuniones con directivos o cuando se toman decisiones importantes. En esos momentos, los líderes recuerdan el poder que poseen y, muchas veces de manera inconsciente, modifican su comportamiento.

Los investigadores concluyeron, además, que en los días en que las personas sienten más poder tienden a tener más interacciones negativas. El poder puede hacer que alguien se enfoque excesivamente en sí mismo, actúe con mayor egoísmo y perciba a los demás con distancia. Tal vez por eso sigue vigente la frase del historiador y político británico Lord Acton: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe totalmente”.

Lastimosamente, todavía existen jefes abusivos que utilizan el poder como mecanismo de imposición: creen que su cargo les da superioridad moral, silencian ideas, minimizan a sus equipos y desacreditan el trabajo ajeno solo para demostrar autoridad. Confunden liderazgo con control.

Pero también existe otra cara del poder: la del miedo, especialmente cuando nunca se ha tenido o cuando viene acompañado de grandes responsabilidades. Para Ron Carucci, consultor estadounidense especializado en liderazgo, muchas personas renuncian a su poder por indecisión, porque se dejan convencer fácilmente por otros o porque quieren evitar el riesgo de tomar decisiones difíciles. Entonces activan una especie de “liderazgo democrático excesivo”, en el que consultan todo, buscan aprobación constante y terminan diluyendo su capacidad de liderar.

El poder, entonces, tiene una dimensión compleja: puede obnubilarnos y llevarnos a actuar de manera negativa, pero también puede generar inseguridad y hacernos dudar de nuestras capacidades. En ambos casos, se pierde el verdadero sentido del liderazgo.

Lo que pocos entienden es que el poder, bien utilizado, puede ser profundamente transformador. La clave está en la influencia. Influir desde el liderazgo significa dejar huella en otros: inspirar a la acción sin imponer, controlar ni limitar. No se trata de ejercer poder sobre las personas, sino de generar confianza en ellas. El poder con influencia se utiliza para potenciar equipos y abrir caminos. Logra transformar organizaciones y ayudar a las personas a conocerse y explorar su potencial. En manos de un líder influyente, el poder se usa para dar voz y para construir.

El liderazgo sí necesita poder e influencia, pero no como herramientas de dominación, sino como instrumentos para inspirar, desarrollar y transformar. Porque el poder puede otorgar autoridad, pero la influencia es la que construye confianza. Y son los líderes que logran unir ambas de manera consciente quienes realmente dejan legado.

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