jueves, 14 de mayo de 2020

Más columnas de este autor Carlos Alberto Leal Niño

De acuerdo con el reporte del Consejo Profesional de Ingeniería de Petróleos, de octubre de 2019, en el país se registran 11.437 ingenieros de petróleos, de los cuales 42% se encontraba desempleado, 49% trabajaba en la industria y 8% restante en otros sectores. Estas cifras corresponden a un año en el que la industria estaba en recuperación, con un precio de crudo en el orden de los US$60 el barril, y sin embargo, el desempleo seguía siendo alto.

La crisis pasará y las industrias se recuperarán, pero la fuerza laboral es la más afectada y puede ser aún peor dada la doble condición de caída de precios y la pandemia. Los gremios del sector estiman que, el recurso humano podría verse afectado con despidos de hasta un 72% en toda la cadena de valor de esta industria, con una reducción ralentizada de este índice si las condiciones de demanda de energía y los precios del petróleo no se recuperan pronto.

Todos los actores de este sector han implementado estrategias, buscando cuidar intereses particulares. Sin embargo, las circunstancias del escenario actual son inéditas y lo que se anticipa es que las consecuencias que afrontará la mano de obra serán agravadas por el aislamiento, que limita el poder dedicarse a otros oficios mientras la crisis pasa. Ante esta coyuntura se requiere del espíritu solidario a lo largo de toda la cadena de valor, permitiendo que el impacto sea recibido de manera proporcional y equitativa por todo el sector.

La reflexión, con las circunstancias de la vida actual, indica que el denominador común es la felicidad. Al fin y al cabo, la sociedad, instituciones, gobierno, empresas y fuerza de trabajo, las constituimos seres humanos a quienes la condición de vida, que pasamos en la actualidad, seguramente nos ha llevado a cuestionar acerca de los valores que deben prevalecer.

Y si todos, desde las posiciones en las que nos toca enfrentar esta situación, abonamos esfuerzos para que el índice de felicidad general sea mayor, seguramente aparecerían propuestas innovadoras acerca de cómo pasar esta crisis sin sucumbir en el intento.

En este sentido, pueden surgir propuestas tales como, que el Gobierno fijara el precio del barril producido para consumo en Colombia, o la implementación de un seguro de desempleo, que los accionistas de las empresas consideren la reducción de las metas de rentabilidad, que altos ejecutivos reduzcan sus bonos y salarios temporalmente, que sindicatos suspendan algunos de los acuerdos más onerosos de los pliegos de peticiones, que las comunidades permitan operar y reducir tarifas de servicios locales y que los trabajadores acepten en condiciones críticas las licencias, la reducción de jornadas y compensación, o la suspensión de contratos mientras se supera la crisis.

Los ingenieros de petróleos y profesionales del sector hemos asimilado en crisis pasadas las consecuencias de las acciones, como la cancelación de proyectos, suspensión de contratos de servicios y despidos de personal. Este nuevo escenario también debemos afrontarlo, pero consideramos que hay una oportunidad de enfrentar esta situación de una manera más asertiva entre todos. Estas y todas las demás acciones propuestas deben medir su impacto, no solo desde el punto de vista económico y de viabilidad, sino desde el grado de felicidad.