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Analistas 05/11/2025

El fantasma de los extremos

Camilo Guzmán
Director ejecutivo de Libertank
Camilo Guzman

Eso de los “extremos” es un truco de marketing político. Una forma de simplificar el debate, inventar un enemigo externo y declararle la guerra para parecer moralmente superior. Quien lo usa busca quedar libre de culpa presentarse como el salvador entre dos monstruos imaginarios. En Colombia sí existe una extrema izquierda doctrinaria y coherente en sus malas ideas. Cree en el intervencionismo, la redistribución forzada y en la superioridad moral del Estado sobre el individuo. Pero eso de la “extrema derecha” es un fantasma inventado, una caricatura diseñada para deslegitimar al contendor político y desviar la conversación de fondo.

Los extremos políticos deben definirse por las ideas, no por la forma, ni el tono. Como explicaron Friedrich Hayek en Camino de servidumbre y Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo, los verdaderos extremos del espectro político no son el capitalismo y el comunismo, sino dos expresiones del mismo impulso colectivista: el socialismo a la izquierda y el fascismo a la derecha. Ambos representan la negación de la libertad individual frente al poder del Estado.

El socialismo parte de la creencia de que el Estado debe planificar la economía, redistribuir la riqueza y corregir los resultados del mercado. Se presenta como una moral superior, pero en la práctica sustituye las decisiones libres por órdenes políticas. Promete igualdad, pero produce dependencia, pobreza y control.

El fascismo, por su parte, es una forma de colectivismo nacionalista que subordina al individuo a la nación, la raza o la tradición. Exalta el orden, el sacrificio y la obediencia a un poder central que decide en nombre del “bien común”. En ambos casos, el individuo deja de ser fin y se convierte en instrumento.

Por eso el socialismo y el fascismo no son polos opuestos, sino ramas del mismo árbol colectivista. Comparten la idea de que el Estado debe dirigir la vida social, económica y moral. Los dos son enemigos gemelos de la libertad: mientras la izquierda extrema busca imponer una utopía igualitaria, la derecha extrema pretende imponer una utopía jerárquica o nacionalista. En ambos extremos, la libertad termina sacrificada en el altar de una causa colectiva.

En Colombia no hay fascismo. No existe un movimiento nacionalista autoritario, ni un partido que promueva el culto al Estado, ni un corporativismo que subordine la economía a un plan nacional. Tampoco hay un discurso popular que pretenda abolir la libertad individual en nombre de la nación.

Lo que sí hay -y en abundancia- es socialismo. Está en los discursos que condenan el lucro, sospechan de la empresa privada y asocian la riqueza con culpa. Está en los políticos que creen que el Estado debe dirigir la economía, fijar precios, crear empleo y moldear la cultura. Y está, sobre todo, en la mentalidad del ciudadano que cree que cada problema tiene solución estatal.

Algunos precandidatos presidenciales nos tienen perdiendo el tiempo con enemigos imaginarios, mientras el verdadero extremo -el estatismo disfrazado de compasión- avanza. Colombia no necesita más etiquetas ni campañas de marketing moral. Necesita ideas claras, principios firmes y debates honestos. Menos fantasmas y más argumentos. Menos triquiñuelas de marketing y más convicciones.

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