Analistas

Vida lumpestre

En teoría, valoramos todas las formas de vida del planeta, pero en la práctica luchamos en contra de la mayoría de ellas pues carecen de ojos grandes y piel peluda. Nuestro subconsciente nos lleva a admirar escamas, aguijones o formas extrañas en ciertos animales, pero en general preferimos no compartir la casa con ellos: las cucarachas que nos quieren tanto lo hacen porque dejamos residuos por doquier y cuando ayudan a limpiar reciben siempre a cambio un chancletazo.

Coloquialmente la civilización urbana (una redundancia lingüistica) detesta las formas de vida bacteriana, los hongos, los gusanos y los insectos. Bichos, el lumpen de la biodiversidad que habita las alcantarillas, los rincones inaccesibles de las construcciones, los armarios de trastos. Consumimos galones de jabones y productos químicos que nos ayudan a mantenerlos lejos, a menudo creando con ello condiciones de mayor vulnerabilidad para la salud, pues las relaciones entre especies invisibles se codifican químicamente y el exceso de limpieza “y brillo” está desaconsejado, tanto como el exceso de fumigaciones en los cultivos: no solo es peor el remedio que la enfermedad, sino que acaba por ser inefectivo.

Convivir con lo lumpestre es uno de los retos del diseño y la educación, a menos que creamos poder vivir en ambientes de ficción, en burbujas de cristal con atmósfera controlada y despiojados. Complicado sin embargo liberarnos de los dos kilogramos de bacterias que viven dentro de cada cuerpo, en la piel, en nuestros rincones. En las zonas templadas al menos la nieve y el invierno mantienen a raya mucho bicho; en las intertropicales, son persistentes como el canto de las chicharras.

En el sector agropecuario lo lumpestre puede ser la mayor fuente de dolores de cabeza si no se entienden bien las relaciones ecológicas que permiten que los suelos sean fértiles y los nutrientes se muevan hacia las plantas, gracias a las micorrizas, hongos babosos que conectan las raíces con la arcilla y el limo en una interfase físicoquímica y biológica maravillosa, o que se desarrolle una comunidad de bacterias e invertebrados sana que trabaje de la mano con los productores para fabricar comida. En las sociedades silvestres quienes más trabajan también son los más invisibles y la base de lo que hoy llamamos servicios ecosistémicos no son solo los bosques ni su fauna peluda o plumífera: son sus suelos y la biodiversidad que los mantiene. Una sociedad que lo reconoce puede dirigir su atención técnica y científica hacia ellos y su funcionalidad vital, y puede incentivar la conservación de los ecosistemas más delicados del mundo o puede seguir intoxicándolos y exportándolos hacia el mar en avalanchas o con la erosión persistente del que insiste en criar vacas ancladas en pendientes imposibles, la peor práctica de la región andina. Colombia tiene desde hace poco una Política de Suelos promulgada por el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible tras varios años de trabajo con la Universidad Nacional. De su diagnóstico se deduce que el suelo es una entidad viva, frágil, sensible a la contaminación, compactación, al cambio climático y entender cómo su gestión fragmentada hace imposible la construcción de sostenibilidad. Que sin suelo somos un mal desierto.

Tenemos mucho que aprender de la ecología del mugre (para mí siempre palabra masculina) y hacer una revolución de lo lumpestre.