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Brigitte Baptiste Rectora de la Universidad Ean

Hace pocas semanas se realizó en Bogotá un congreso internacional de retail (odioso anglicismo), con el fin de evaluar la aplicación de nuevas tecnologías a un sector fundamental de la economía y discutir su potencial de aporte a los ODS. La conclusión: el retail se está convirtiendo en excelente mecanismo de comunicación y educación de proveedores y consumidores y quienes primero desarrollen ofertas eficientes en ese sentido tendrán las preferencias de una sociedad que es progresivamente consciente de la importancia de la sostenibilidad, pero que en sus actividades cotidianas no sabe cómo construirla.

Un tendero de barrio, que configura un centro local de provisión y venta de servicios e información a la comunidad, es potencialmente un centro de formación en sostenibilidad si es capaz de construir un inventario de productos “verdes”; es decir, que garanticen el buen manejo de sus huellas de agua, carbono, en biodiversidad o sociales. Parece complicado, pero no lo es: se trata de que tenga acceso a las historias, verificables, del circuito económico de sus productos. Que pueda contar y mostrar a sus clientes, seguramente vecinos, de dónde viene la carne que vende y en qué condiciones se ha producido o si sus hamburguesas son cómplices de deforestación, desplazamiento o narcotráfico. Sin importar el nivel de elaboración, la ciudadanía indagará cada vez más por las cadenas comerciales detrás de los televisores, las toallas higiénicas y por los empaques en que se empacan los empaques.

Y la información, que estará allí gracias a la presencia y alcance de las redes sociales, será el factor clave en la decisión de compra. “Don Roberto, ya no me venda más esos detergentes que envenenan el agua de mis nietos” podría ser la frase que escuchemos cada vez con mayor frecuencia.

Las grandes superficies ya están aplicando políticas muy sofisticadas de selección y tratamiento a sus proveedores, anticipándose a las preferencias éticas de consumo de nuevas generaciones que optan por ser vegetarianas o veganas antes que arriesgarse a ser cómplices del maltrato animal, o que comienzan a evitar el uso de plásticos cuando ven el sufrimiento de las tortugas o la expansión de enfermedades derivadas de la ingesta adictiva de azúcares y harinas refinadas promovida bajo esquemas publicitarios muy cuestionados. En muchos casos, también decisiones que no tienen ningún fundamento sólido y provienen de la desinformación, las noticias falsas o la competencia desleal.

Compras locales certificadas bajo estándares de comercio justo, alta calidad e inocuidad, aportes a la conservación de la biodiversidad y la funcionalidad ecológica son opciones que cada vez están más al alcance de todas las personas. Algunos críticos argumentan que estos mecanismos representan costos adicionales que incidirán en la profundización de las desigualdades, pero es falso: menores tasas demográficas muestran que el bienestar adicional de la humanidad es el resultado de sociedades que prefieren calidad de vida y no cantidad de hijos y que son los mecanismos distributivos y las políticas públicas que los promueven los que definen el alcance de todas las personas a un mundo más sostenible: hay que preferir el café o el arroz amigable con las aves, no el del enemigo de los bosques y los humedales, entre muchas otras cosas.

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