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Experimentando los límites

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Se celebra la semana de la cultura raizal en Bogotá, ciudad en la que nos parece extraño que el inglés isleño sea parte de la diversidad lingüística de Colombia, tanto como el wayunaiki, el roma, el palenquero y otras decenas de idiomas nativos. Idiomas todos que tarde o temprano deberán reconocerse como oficiales en la gestión pública, al menos dentro de la jurisdicción de sus territorios y, para no profundizar rupturas, en los departamentos o municipios donde estos ocurren.

Hago la referencia a la delimitación geográfica del uso de las lenguas pues esta tiene una clara correspondencia con la definición de los territorios culturales y, en últimas, es la base de la apropiación material y simbólica de los mismos. La Sierra Nevada tiene su “línea negra”, y las islas y cayos de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, el mar territorial. Un mar, con acceso recientemente restringido, que envuelve un pequeño planeta y sus satélites, para hacer el símil que nos permitió, en la III Feria Biocaribe convocada por la Corporación Coralina, debatir la crítica situación ambiental de la región “más transparente”. 

Una rápida mirada a los indicadores de biocapacidad y huella ecológica de la región isleña muestra cómo la densidad poblacional y su demanda de servicios ecosistémicos ha sobrepasado con creces la oferta de sus tierras y océanos, y cómo la persistencia del sistema social y ecológico, que depende de transferencias del continente hace mucho, está amenazada: todo, en las islas, depende de la cantidad de energía producida por el diésel que llega vía marítima regularmente. La discusión, bien encaminada y muy oportuna que convocó Coralina, se inició precisamente con un conversatorio acerca de alternativas de generación de energía para la isla. En el debate aparecieron muchos elementos que permiten entender el mismo problema a escala planetaria y, eventualmente, experimentar algunas soluciones. Al principio, siempre aparecen los espejismos que traen los vendedores de dudosas tecnologías, aprovechando la coyuntura y la venalidad de funcionarios para, con la excusa de la innovación y la sostenibilidad, hacer su agosto. Una trampa que debe evitar la llamada “economía verde”, servir de calanchín para reencauchar mercados tramposos. Pero esto no agota el debate, pues indudablemente se necesita pensar en alternativas innovadoras, sólo que con mayor control social y debate experto. Se habló de generación térmica en la columna oceánica, del viento, del oleaje, de las basuras y se mencionó pero no entendió, una referencia a la producción de biocombustible a partir de microalgas, algo que la UN publicó en junio de este año como alternativa viable para muchas regiones con sol y agua nutritiva.

La conversación, sin embargo, rápidamente se movió hacia el problema de los subsidios. La isla, reportaron, es el consumidor más ineficiente de energía de todo el país, y un habitante promedio usa tres veces más luz que cualquier colombiano. Si bien es cierto que las condiciones climáticas lo imponen, varios estudios han demostrado el desperdicio absurdo en que incurren los isleños sobrecargando el sistema con electrodomésticos obsoletos, total ausencia de arquitectura bioclimática, y aires acondicionados desproporcionados y con puertas abiertas, como si quisieran contrarrestar el calentamiento global desde cada casa… La explicación: $95 .000 millones anuales en subsidios energéticos que hacen que no se valore el servicio y que demuestran la urgencia de un plan para transformar este pésimo instrumento económico en un mecanismo financiero que promueva la reconversión de las prácticas energéticas de la isla. Lamentable la lentitud en las reformas y la delicada situación social que mantienen la inercia: el archipiélago carece de una política energética integral, la mejor expresión que una política ambiental puede esperar. 

Concluyó el evento con la discusión de la pérdida de acceso a los recursos marinos de los que depende la población pesquera, que ha impulsado a que los hoteleros importen “basa” para la cazuela de mariscos, que ya no tiene langosta ni nada local: más huella ecológica, más diésel trasteando pescado congelado desde Vietnam a una región conminada a usar menos área para alimentar su gente y devastada por malas prácticas. La tormenta perfecta. Pero la despedida fue más grata: resultados promisorios de un experimento de una cooperativa raizal de pescadores, con Coralina, para reconstruir hábitats marinos utilizando conchas de caracol pala desechadas, parece estar indicando el camino a una extensa maricultura en los arenales someros del archipiélago. Ahí es donde la innovación y las regalías deberían converger: producir comida limpia con los recursos locales es indudablemente el mejor negocio que pueden hacer nuestros territorios insulares, y con ello demostrar que los límites planetarios son reales, pero no inexorables.

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