Este ha sido un año difícil de olvidar. Con seguridad, lo recordaremos por el resto de nuestras vidas. Tuvimos muchos retos y nos tocó reinventarnos. Ahora, con la llegada de las vacaciones de Navidad y el fin de año viene el momento de hacer balance y pensar en lo que pasó. Probablemente, hubo muchas cosas buenas, en medio de todo, y también cosas que no salieron bien, incluso puede que algún fracaso.

Por eso, cuando pensamos en las cosas que salieron mal lo más probable es que nos avergoncemos y surja la sensación de haber hecho el ridículo frente a los demás. Así, no parece probable que nos riamos del desacierto, pensando en la parte cómica de la situación.

Y, precisamente, la dificultad para reírnos de nosotros mismos cuando cometemos un error hace que lo pasemos aun peor, aunque, en realidad, son situaciones cotidianas que le podrían pasar a cualquiera y que no son tan graves como las percibimos en ese momento. Es normal sentir vergüenza, pero esta sensación de pensar que los demás se reirán de nosotros, se puede borrar si aprendemos a no preocuparnos por “el qué dirán” los demás.

A veces somos unos jueces implacables de nosotros mismos. Nos evaluamos con severidad. No aceptamos nuestros errores y nos damos “látigo” por ellos. Aprender a reírse de uno mismo significa aprender a aceptarse como somos, con virtudes y defectos. Y no pasa nada por tener defectos porque, al fin y al cabo, somos una persona como cualquier otra, que aprende de sus errores y que intenta ser un poco mejor.

Reírse de los errores y de las situaciones vergonzosas o negativas que suceden en la vida es una de las maneras más acertadas para mejorar la autoestima y, por lo tanto, para estar en paz con uno mismo. Como decía Tomás Moro, Lord Canciller de Inglaterra, “felices los que saben reírse de sí mismos, porque nunca terminarán de divertirse”.

Además, la humildad nos hace menos vulnerables a las críticas, a las burlas y a las opiniones ajenas. Cuando nos equivocamos, en vez de sentirnos mal por nuestro error podemos aceptar que no somos perfectos. La parte positiva de equivocarnos es que sacamos experiencia de todos nuestros errores para convertirnos en mejores personas y seguir creciendo como profesionales, amigos, padres o hijos. Esto no es tan fácil como parece, ni se trata de una capacidad que nazca de la noche a la mañana. Solo los más inteligentes lo consiguen…

Cuando pasamos tiempo con personas optimistas, que ven el lado bueno de cada situación por negativa que sea, y que no se toman demasiado en serio a si mismos, nos sentimos mucho mejor porque esa alegría es contagiosa. Por otra parte, es habitual que sean los demás los que nos perdonen antes de que nosotros mismos lo hayamos conseguido.

Por lo general, el problema nunca es tan grave como pensábamos: perder las llaves o el celular, olvidar contestar a un mensaje urgente, o no haber sabido responder bien a una pregunta en la última reunión con el jefe son situaciones de ordinaria administración. Además, nada va a cambiar por lamentarse o autocompadecerse.

Pero aceptar el error y solucionarlo, reírse y seguir adelante será la fórmula ideal para estar en paz. Porque al final, las situaciones saldrán como tengan que salir, pero la forma de afrontarlas depende de nosotros. La vida puede ser una tragedia o una comedia. Tú decides.