MI SELECCIÓN DE NOTICIAS
Noticias personalizadas, de acuerdo a sus temas de interés
En los últimos días, a raíz de las inundaciones desencadenadas en Córdoba por la llegada de un frente frío del norte se ha revivido el debate acerca de las hidroeléctricas como entidades ecológicas diabólicas. Los movimientos que promulgan el “derecho de los ríos a correr libres” enfatizan los impactos negativos de la construcción de presas, especialmente aquellas dedicadas a la generación de energía, en una mezcla de ambientalismo ingenuo, resistencia al modelo corporativo y cuestionamiento a la escala de las intervenciones que hay detrás de muchos proyectos. A veces, ha habido algo de ciencia, aunque más bien interpretada al acomodo.
El caso de la represa de Urrá es bueno para plantear los matices de la controversia, empezando por reconocer que las transformaciones de los territorios causadas por la generación de todo tipo de infraestructura tienen grandes impactos en la dinámica de las comunidades y los ecosistemas, y que la valoración de esos impactos y su traducción en decisiones técnicas es compleja en cuanto se hace bajo diferentes parámetros culturales. Cuando Kimy Pernía Domicó y su gente se manifestaban contra las intervenciones en la cuenca del río, lo hacían en la perspectiva ético política de su pueblo, que fue trágicamente avasallada con su asesinato en manos de los paramilitares. Los conflictos territoriales en la región, sin embargo, no se agotaban en el debate de la hidroeléctrica, por cuanto había sido la llegada de la explotación ilegal de maderas finas, años antes, la que había creado una ruptura interna en las comunidades, poco organizadas hasta entonces: con los “permisos” para sacar abarco y luego sembrar coca llegaron todos los incentivos perversos, el desplazamiento de clanes por otros clanes, el uso del dinero y el alcohol para minar las organizaciones y apropiarse de la cuenca alta del río y sus afluentes.
La construcción de Urrá derivó en un cambio importante en la dinámica de toda la cuenca, y especialmente limitó el alcance de las inundaciones que regularmente alimentaban las ciénagas, de las cuales aún dependen miles de personas en un proceso de recuperación ecológica, liderado con mucho éxito por Asprocig, promotores de una nueva cultura anfibia que no tendría por qué estar enfrentada a un manejo más sensible de los caudales generadores de energía, que aún hay que aprender a manejar con criterios más amplios que el valor del kilovatio/hora. Pero Urrá, la empresa, ha aprendido algo, junto con la CVS, y a lo largo de casi tres décadas de conversaciones. Falta que se entiendan a fondo los temas de la crisis climática y se hable más con todos los actores.
La ciudad de Montería iba por buen camino en la tarea, con su visión de vivir en paz con el río, pero la escala del reto es mucho mayor: el urbanismo anfibio probablemente no se resuelva con parques lineales o áreas recreativas, es necesario que todo el departamento, en un proceso más riguroso, recupere los pondajes que amortiguaban el peso de las crecientes, muy variables, y los convierta en partes fundamentales de la prevención de desastres. El problema más grave que subsiste es la reticencia de los ganaderos, grandes y pequeños, a retirar las vacas. Pero el clima y tal vez Karagabi nos mostrarán que no hay muchas alternativas. Lo mismo que la ciencia: los grandes valles aluviales de Colombia y el mundo se volverán cada vez más inestables por la pérdida de biodiversidad (deforestación y malas prácticas de uso del suelo) y el calentamiento global, crean o no que es de origen antrópico. Urrá podría ser el gran motor de una cultura adaptativa y regenerativa en el valle del Sinú, combinando lo mejor de la capacidad empresarial, comunitaria, académica y del Estado, sin necesidad del populismo vengativo.
Los empresarios que forman parte de Ceapi -algunos de ellos, los más importantes de sus respectivos países, ya están asumiendo ese compromiso- impulsan un modelo de capitalismo consciente