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Analistas 17/07/2021

¿Por qué no es fácil elogiar?

Alfonso Aza Jácome
Profesor de Inalde Business School

Con facilidad surgen quejas cuando no recibimos lo que esperamos o algo sale mal. Las personas que trabajan en servicio al cliente lo experimentan todos los días. Sin embargo, por lo general, nos quedamos callados ante lo que nos agrada y podemos ser indiferentes cuando alguien hace algo excepcional, pues consideramos que ya recibe un salario y, al fin y al cabo, no hace más que cumplir con su deber.

La ignorancia del corazón humano nos lleva a suponer que los demás cumplen sus obligaciones sin esfuerzo ni dificultades, por lo que no es necesario ningún estímulo. La indiferencia destruye el placer de recompensar la labor de otro e impide captar que las personas también necesitan sentirse reconocidas. El defecto de ser parco en elogios puede proceder de una forma de apatía cuando no existe interés genuino por los progresos del otro; la falta de coraje para expresarlo por el temor al qué dirán; o, peor aun, la envidia que impide mostrar el reconocimiento cuando alguien se lo merece.

La alabanza alienta y el silencio desanima. No hay nadie que siempre se sienta tan seguro de sí mismo que no necesite nunca una palabra de aliento, una palmada en la espalda o un comentario amable. No debemos olvidar que el afán de aprobación y aplauso mueve a todas las personas: a unos más y a otros menos, pero a todos nos influye de alguna manera.

El corazón humano tiene la necesidad de sentirse alabado a la vez que teme el desprecio ajeno. A todo el mundo le agradan los cumplidos, a todo el mundo le gusta que lo valoren. Y este deseo nos anima precisamente a llevar a cabo grandes cosas.

Pero no sabemos ni podemos controlar cuál será la consecuencia del elogio: se pronuncia y se continúa el camino, dejando que las palabras de aliento actúen por sí solas… El comentario de una persona especial puede proporcionar una fuerza renovada para enfrentarse a una tarea difícil, sin que nunca sepa que sus palabras tuvieron un efecto tan decisivo. Porque el estímulo es algo que obra en silencio más que con palabras. A veces, basta con el hecho de estar presente en una actividad para infundir ánimo.

Por tanto, elogiar es honrar al otro reconociendo su esfuerzo. Ese reconocimiento llena de alegría porque las palabras amables infunden aliento y son capaces de enderezar cualquier espinazo doblado por el cansancio. Incluso, quienes obran sin esperar recibir elogios se alegran al recibirlos pues significa que alguien advierte y reconoce sus esfuerzos y sus logros. El simple hecho de que te digan de corazón que estás haciendo un buen trabajo te anima a hacerlo aún mejor. El reconocimiento más insignificante puede tener un efecto reconfortante porque el anhelo más profundo de la naturaleza humana, probablemente, sea sentirse importante para alguien. Muchos no han avanzado o se han rendido en el camino pues a nadie le pareció conveniente manifestarles el reconocimiento de sus esfuerzos y éxitos.

Es cierto que no hay nada más antipático que el halago del zalamero que solo intenta manipular y que a quienes poseen un carácter superficial el elogio reiterado puede convertirlos en vanidosos e indolentes. Elogiar no es fácil, porque se mueve entre el exceso y el defecto. Por eso, la intención en el reconocimiento es esencial: el elogio sincero debe tener un objetivo concreto y debe ser inmediato, detallado y oportuno.