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Analistas 08/05/2021

Ella aporta más que él

Alfonso Aza Jácome
Profesor de Inalde Business School

Conversando con una joven pareja que lleva poco tiempo juntos, me contaron que, pensando en sus hijos todavía pequeños, recientemente se compraron una bonita casa con jardín en un exclusivo barrio de su ciudad. Hicieron un gran esfuerzo económico, apalancados en el buen salario que él recibe de una importante multinacional. Ese día venían de firmar las escrituras en la notaría y de hacer el primer pago.

Se les notaba el entusiasmo y la ilusión por dar un paso importante en su vida familiar pero, a la vez, también el nerviosismo por el crédito que acababan de asumir. Sin embargo, ella, en algún momento de la conversación, dijo con cierta candidez que era propietaria de 50% de la casa “a pesar de no aportar nada…” pues no tiene un empleo remunerado como su marido; se dedica tiempo completo a su familia. En ese momento no supe qué decirle, pero entendí la precaria posición en la que se encuentra, porque ser la esposa de alguien exitoso en el trabajo no significa necesariamente ser reconocido como un igual.

Hoy vivimos en una sociedad en la que hasta las parejas compiten por lo que aporta cada uno en términos económicos. Sin embargo, perdemos de vista que servir es la mejor y más valiosa forma de aportar.

Hay un pasaje muy ilustrador en la novela de García Márquez, El Amor en los Tiempos del Cólera, en la que el matrimonio protagonista intercambia sus roles por un día para celebrar el cumpleaños de la esposa. Al comienzo, él acepta divertido el reto de ponerse al frente de las tareas del hogar, pero a pesar de esforzarse por hacer las cosas mejor que ella, pronto se hace evidente que el juego va a ser un completo desastre y ella, muerta de risa, debe reasumir el mando, pero no con la actitud triunfal que hubiera querido sino estremecida de compasión por la inutilidad doméstica del esposo.
La lección termina siendo útil, y no sólo para él, pues, después de esa experiencia, ella también entendió cuán necesaria era para su familia. De esta forma ambos llegaron por distintos caminos a la sabia conclusión de que no es posible vivir juntos de otro modo.

En realidad, el que más aporta es el que más da… o mejor deberíamos decir, “se da”: renunciar a una carrera profesional, anteponer los gustos ajenos a los propios, tener un horario extendido 24/7 todos los días del año, hacer todo por la sonrisa de los seres queridos. En definitiva, gastar la propia vida por la felicidad de los otros, es algo que no tiene precio. Y tampoco se puede comprar con una tarjeta de crédito.

Es aquí donde reside la grandeza y realización de esas personas que son capaces de hacer un don sincero de sus propias vidas y, por consiguiente, de vivir en función de los demás. Sin embargo, esa capacidad de entrega a su familia es al mismo tiempo su desventaja, pues se puede menospreciar esa donación por la presión de la sociedad que la percibe como si fuera una pérdida de la igualdad fundamental que poseen el hombre y la mujer. En realidad, ese error en la valoración de la entrega y la unidad de los dos no hace más que poner en evidencia la torpeza en el juicio por no ser capaz de entender la igualdad de ambos como personas.

Así que, visto de esta manera, y pensando en la historia de la joven pareja del comienzo, la famosa frase estereotipada y machista “ella aporta más que él” pueda tener algo de sentido.