Analistas

¿Ad portas de un nuevo paradigma en política monetaria?

Confieso que me sorprendió mucho la decisión del Banco de la República de bajar las tasas de interés en 50 puntos básicos, a 3.25%, en su última reunión. Yo personalmente no esperaba ver ningún cambio en la política monetaria, a pesar del hecho inequívoco de que la inflación está hoy completamente controlada y a pesar del clarísimo hecho de que la economía ha mermado su velocidad de crecimiento en forma significativa, entre otras razones por el desinfle que se ha visto en la industria. 

 
Personalmente no esperaba cambios en la política monetaria, pues, en mi opinión, la merma en el crecimiento económico actual no tiene paralelos con la merma del crecimiento que se vio en 2009, después de la quiebra de Lehman Brothers. Como recordará el lector, en esos momentos de crisis ridícula, donde mentes tan prodigiosas como la de Nouriel Roubini pronosticaban el colapso total del ordenamiento financiero internacional, el Banco de la República disminuyó sus tasas hasta un récord del 3%. Quizás recordará el lector también que durante esas épocas los diferenciales de tasa de interés internacionales para países como Colombia versus EE.UU. se incrementaron un 300% debido a la tempestad que azotó al mundo. Hoy en día las tasas de interés internacionales de Colombia no han subido. Es más, han bajado aún más, en gran parte gracias a la decisión de la Reserva Federal de imprimir cantidades sin precedentes de dinero. A pesar de la diferencia de los escenarios, el Banco de la República hoy tiene a su tasa de interés a escasos 25 puntos básicos de donde la tenía hace cuatro años (durante el peor momento de la crisis financiera). 
 
Como dice el dicho, “a buen entendedor, pocas palabras.” Considero que estamos en el génesis de ver a un banco central mucho más “recursivo” con los instrumentos de política monetaria, con el objetivo específico de lograr una cuestión bastante relevante: una devaluación del peso colombiano, aún a costa de poner en riesgo la meta de inflación futura. Las razones para el cambio son varias. Para comenzar, virtualmente todos los bancos centrales de Latinoamérica y el mundo, incluso el ultra-ortodoxo Banco Central de Chile, están parándoles muchas más bolas a las políticas macroprudenciales, palabra técnica que tiene un significado bastante simple: atajar la apreciación nominal del tipo de cambio. 
 
Segundo, imagino que la presión que está sintiendo la autoridad monetaria del ejecutivo hoy en día es inmensa, pues la situación con, por ejemplo, el gremio cafetero o ganadero, parece ser bastante grave. Lo mismo sucede con el clamor de muchos líderes en Colombia de crear una política industrial de largo plazo. Como todos sabemos, una tasa de cambio depreciada es condición sine-qua-non de cualquier documento atado a la política industrial. 
 
Es una pésima noticia que el país piense que solo puede competir a punta de una moneda depreciada. No es bueno, porque la visión está fundamentalmente errada, como lo demuestra la historia de desarrollo económico de Japón o de Corea del Sur. Pero claramente lo que yo piense es irrelevante cuando las empresas la están viendo complicada. Lo único que se puede pedir es que, ojalá, esta idea de depreciar la moneda a sombrerazos no interrumpa la necesidad de mejorar la productividad del país. Como he argumentado hasta el cansancio en todas las conferencias a las que me invitan en Colombia, es inaceptable que un camión se demore seis horas en ir de Cali a Buenaventura. 
 
Por último, hablando de ideas vanguardistas, que tal instituir un contrato a futuro del peso colombiano en la bolsa mercantil de Chicago, para que de esa forma todos los inversionistas internacionales que tienen inversión en mercados emergentes puedan inmunizar su riesgo acortándose el peso colombiano? ¿No vale la pena meterle competencia al peso mexicano?