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Era brillante estudiante de abogacía en la Universidad de Antioquia, con obsesión por la política partidista y los procesos electorales. Antes de cumplir treinta años fue director de Aerocivil; se aprobaron pistas de aterrizaje en predios de propietarios non sanctos, lo que ha sido motivo de controversia. Fue alcalde de Medellín y concejal. En el Senado fue ponente de leyes laborales importantes. Como gobernador de Antioquia promovió cooperativas de autodefensa, instituciones creadas por decreto por Cesar Gaviria y Rafael Pardo R., eficaces para responder rápido a perturbaciones, pero contrarias al principio de igualdad ante la ley.
Hizo campaña meteórica para la presidencia en 2002, con el compromiso de hacer efectiva la seguridad como derecho esencial en el conflicto contra las Farc, fortalecidas tras la entrega por Andrés Pastrana de extensas zonas en Meta y Caquetá; transitar por las carreteras del país era un riesgo reconocido. Ganó en forma arrolladora y dedicó mucha energía a ese asunto, con resultados positivos. Hay discusión sobre los incentivos por desempeño, posible motivo de conductas irregulares en el Ejército.
Su primer gobierno impulsó la economía, languideciente desde la contracción de 1998-1999, y se restableció la inversión privada. Hubo austeridad. Se creó la Agencia Nacional de Hidrocarburos, a cargo de la asignación de bloques de exploración y producción de petróleo. La consecuencia fue un crecimiento económico sostenido hasta la caída del precio del crudo a finales de 2014, pero a expensas de las cadenas productivas: el peso se fortaleció sin que ello reflejara mayor productividad.
Se equivocó al autorizar la interceptación telefónica a magistrados de la Corte Suprema. La calidad del gasto no fue la deseada: se mantuvieron los arreglos políticos tradicionales como mecanismo para controlar al legislador, en especial para asegurar la reforma constitucional que permitió la reelección. En el segundo gobierno se impulsó, sin éxito, una segunda reelección. Sin embargo, los votantes, en respuesta al avance en seguridad y al desempeño de la economía, respaldaron a su candidato, J. M. Santos, ministro de Defensa en el segundo gobierno y copartícipe en la interceptación mencionada. Santos tenía su propia agenda y se deslindó de Álvaro Uribe Vélez para labrar su propio nicho.
Santos ganó la reelección en 2014, pero el partido Centro Democrático de Uribe se impuso en 2018 con Iván Duque, candidato poco conocido, también con ambiciones independientes, pero fallido en su gestión, lo cual permitió a Gustavo Petro, de extrema izquierda, prometer cambios en 2022 y ganar la elección.
Uribe ha sido renuente a reconocer los defectos evidentes de la institucionalidad pública tras haber auspiciado un intento de reformas a la Constitución. El plebiscito tuvo respaldo abrumador entre quienes votaron, pero solo una de 15 reformas quedó en firme: la cantidad de votos no alcanzó el umbral necesario para las demás. Algunas eran muy desacertadas.
Su ideario político parece limitado: seguridad, confianza para los inversionistas mediante concesiones fiscales y diálogo directo con las comunidades, en ocasiones a espaldas de las autoridades departamentales y municipales elegidas por voto popular.
Tras la derrota contundente del Centro Democrático en primera vuelta, procede evaluar la trayectoria de Álvaro Uribe V., político diestro, de logros muy importantes, pero errado en asuntos críticos.
El petrismo se la jugó a dividir al país, pero acabó con la tajada más pequeña en las manos. Este magnífico error de cálculo, inducido por una hybris de tragedia griega, los tiene a punto de perder las elecciones
La “desaparición del centro” es uno de los resultados de la perversidad de la política convertida en espectáculo, y nos condena a la maldición del “menos pior” y a votar más “en contra de” que “a favor de”