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ANALISTAS 16/04/2026

El sentido del dinero

Sergio Molina
PhD Filosofía UPB

Mi tía, jubilada y con un ingreso extra por la renta de un inmueble, me dijo hace poco: “me está quedando dinero al mes, no le estoy encontrando sentido a la plata”. No me lo dijo triste o desesperanzada; me lo dijo con aceptación. Con la edad llegan esas reflexiones sabias o sintomáticas, que denotan desapego. Aunque Voltaire mencionó que “cuando se trata de dinero, todos somos de la misma religión”, no es tan así. No todos persiguen el dinero sin medida; parece que el asunto tiene que ver con la óptica de la experiencia. Atesorar tiene un para qué que debe resolverse.

El valor de lo material tiene dos dimensiones: la que cada uno de nosotros le da y la que otros le dan. La valoración objetiva de los bienes tasa en términos de mercado: oferta, demanda, depreciación y buen estado de las cosas. Sin embargo, hay una valoración subjetiva y emocional que se recrea en expresiones cotidianas como: “Esto me costó mucho conseguirlo”, “cosas como las que poseo ya no se consiguen”. Esta emocionalidad frente a las posesiones no se puede menospreciar, como cuando un adulto mayor dice: “esta casa no la vendo porque en ella crecí”; infructuoso e irrespetuoso hacerle cambiar de opinión al orgulloso propietario. La propiedad y el momento de vida del poseedor representan unas coordenadas precisas.

Hay una tensión entre lo que poseo en la juventud, cuando soy atractivo a los bancos que me ofrecen créditos, la época de la adrenalina, en la que permutamos y vendemos con osadía. En la madurez, el aprecio es distinto: llega la prudencia, mantenemos en buen estado lo que tenemos, con una justa valoración, salvo uno que otro caso de avaricia hasta el ocaso, como el dueño de una gran agencia de abarrotes que trabajaba 18 horas al día y dormía en el local para vigilar el surtido y la caja. Próspero el señor, pero infeliz.

Con la jubilación llega aquello de mantenerse a flote con la mesada, hacerla rendir y no sucumbir a la ostentación, porque ¿a quién pretendemos engañar aparentando?, ¿a quién hay que ganarle?, sabias cuestiones que no aparecen en la juventud sino con el pelo blanco. Los bienes son una buena excusa para reflexionar: dan cuenta de lo etario y ponen a prueba la sensatez, el afán, la usura, el acaparamiento, la tranquilidad y la inteligencia, confirmando que no se trataba de tener mucho, sino de disfrutar lo que había; no lo digo como consuelo de los que poseen poco.

Llama la atención la etapa de mi tía, en la que, yéndonos al extremo, sin ser ricos, empezamos a pensar y sentir que no hace falta el dinero, acampando en el dicho de “uno nada se lleva”. Síntoma de dejadez peligroso si viene acompañado de desánimo y reproche. Mi tía tenía todo bajo control, sinónimo de estar en un ocaso consensuado. Gran momento de su relación con el dinero. ¡Cuidado!: desapego, nueva valoración, nunca congoja.

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