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Tres candidatos presidenciales tienen reales opciones de resultar elegidos: Paloma Valencia, Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda.
Cada una de esas candidaturas representa actitudes éticas claramente diferenciadas, sobre las cuales la ciudadanía está llamada a hacer sus mejores discernimientos para un ejercicio responsable de su voto y de su poder constituyente.
Los colombianos, con una democracia en jaque, un modelo de Estado social de derecho bajo cuestionamiento, en medio de un laberinto de valores y una torre de Babel que han llevado al país a niveles de corrupción y violencia inéditos en todo el territorio nacional, estamos llamados a decidir nuestro voto con claridad programática, pensando en el voto útil y, sobre todo, con sentido ético de responsabilidad social, política e histórica.
Iván Cepeda representa el desprecio por la ética y lo demuestra con su anunciado propósito de emular y radicalizar el legado petrista, en el que la corrupción se salió de “sus justas proporciones” y devino en “política de Estado”, al tiempo que los violentos se pasean orondos ante las garantías que les ofrece la perniciosa paz total. Muchos victimarios han tenido en el mismo Cepeda un amigo y socio para sus agendas de impunidad.
La narrativa de Cepeda remite a categorías de izquierdas cada vez más siniestras, colectivistas, estadocéntricas y mercadofóbicas, pseudorrevolucionarias y resentidas, adversas a todo tipo de autonomías y promotoras de sectarismos en grupos identitarios que se creen con más derechos y menos deberes que los que tienen otros ciudadanos.
Cepeda deroga la ética para dar paso a su ideología.
Abelardo de la Espriella representa la ética de cajón.
Como destacado y mediático abogado penalista ha predicado con orgullo y entusiasmo, de tiempo atrás, que ética y derecho no tienen nada que ver entre sí.
Desde esa premisa ha promovido fórmulas de justicia premial para “legalizar” fortunas habidas a través del contrabando, el narcotráfico y la minería ilegal; una especie de “JEP” con mecanismos transicionales para facilitar salidas, a la postre beneficiosas, a personas y organizaciones incursas en delitos económicos.
De la Espriella es hoy la voz cantante, mesiánica y “ungida por Dios”, según él mismo afirma, de una derecha reaccionaria y emocional, no necesariamente diestra en asuntos públicos, que en aras del pragmatismo es capaz de dejar la ética guardada, mientras se tramitan negocios de complejas implicaciones jurídicas y políticas.
Paloma Valencia, por su parte, representa una actitud reflexiva y dialogante respecto a los ineludibles retos éticos que tiene el país por delante.
Con liderazgo sereno, sin caudillismo populista ni supremacismo moralista, con valores referidos al bien común, Paloma reconoce la necesidad de un Estado musculoso y ágil, sin grasa burocrática ni pretensiones totalitarias, al servicio de iniciativas económicas y culturales de la sociedad civil que propendan por promover valores de libertad, equidad, solidaridad, autonomía y responsabilidad social.
Con Paloma, la ética sí importa cuando se trata de cuidar las instituciones del derecho, la política, la economía y la cultura para garantizar la sostenibilidad de la democracia.
En definitiva, la crisis actual revela la dificultad de Colombia para gestionar de manera estable sus relaciones vecinales. Entre ciclos de tensión con Ecuador y crisis más profundas con Venezuela, el reto no es solo resolver la coyuntura, sino construir una estrategia regional
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