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EDITORIAL Ojo con quienes apuestan a que todo vaya mal
viernes, 4 de junio de 2021

El país va rumbo a 40 días de bloqueos con un solo objetivo: deteriorar todo lo que marcha bien para que cunda el pánico y el discurso de del caos y la desilusión se instale en la gente

Editorial

Las Leyes de Murphy son muy populares pero poco científicas. Los postulados dicharacheros de Edward Aloysius Murphy, formulados en 1949, son una suerte de dogmas de fe cuando las cosas no marchan bien. Cuentan que el ingeniero estadounidense los compiló después de darse cuenta de que todos los electrodos de un arnés para medir los efectos de la aceleración y deceleración en pilotos estaban desconectados, luego de varias semanas de preparar el experimento. Con el tiempo, las afirmaciones “si algo puede salir mal, saldrá mal”, “nada dura para siempre y todas las piezas de una máquina se romperán”, o “la otra fila siempre es más rápida”, se convirtieron en creencias populares, así no tengan mucha ciencia.

Pero cuando una sociedad empieza a creer que nada tiene sentido, que todos estamos mal, que no hay mucho futuro, que el progreso o el crecimiento son confabulaciones capitalistas, las cosas verdaderamente terminarán mal. El problema es que, en Colombia, hay un grupo de líderes políticos, empresariales y generadores de opinión que le apuestan a sembrar caos y desilusión para que todo vaya mal, con el objetivo de que no haya una escalera de progreso económico, sino toda una sociedad sumida en la pobreza, de tal manera que sus ideas de resentimiento social se consoliden atacando a un modelo económico que ha dado muestras de progreso, en medio de muchos retos que evacuar.

Los casi 40 días de bloqueos no tienen un objetivo distinto a sepultar la economía, instalar la destrucción colectiva y evitar que la gente salga a producir para poder vivir o alcanzar unos mínimos de bienestar. Y es que la estrategia de los bloqueos tiene aliados complejos: el primero es la pandemia, que generó un estado de tensión individual y social por las cuarentenas, los tapabocas, los cierres comerciales, el distanciamiento y el estudio y trabajo en casa. Todo se juntó y empató con las protestas y el desabastecimiento. Ningún país ha logrado la sumatoria de hechos nefastos como los alcanzados en Colombia, picos de coronavirus más bloqueos a la movilidad.

El segundo aliado de los largos bloqueos son las movidas oscuras de los jugadores de poker, que no quieren ceder y le apuestan a que todo vaya mal, a que las posiciones se radicalicen y el caos se instale en las rutinas diarias. Las protestas no solo han perdido el horizonte en los temas angulares de los pliegos de peticiones, pues el Gobierno Nacional las ha cumplido (subsidios a los jóvenes), sino que se han devuelto en contra de las mismas familias que ven cómo todo es más traumático, caro y oscuro. Esos apostadores en contra de su propio país y su gente, fieles a Murphy, quieren hacer creer que una empresa no presta un servicio público o transforma un producto de consumo masivo; quieren sembrar la idea de que es mejor destruir a aquellas personas e instituciones que convierten diariamente productos y servicios en bienes públicos y generan calidad de vida.

Nada más retorcido en contra del país que intentar destruirlo con bloqueos y vandalismos interminables contra toda su infraestructura industrial, manufacturera, comercial o financiera, para luego posar de pacificadores en un campo de batalla, como elegidos por la minoritaria turba enardecida que ha acabado con todo.

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