sábado, 20 de julio de 2019

Nada más inspirador para los empresarios que el espacio y lo que representó el primer hombre en la Luna hace 50 años, ahora es la empresa privada la llamada a continuar el viaje

EditorialLR


Nada más inspirador que la carrera espacial que se libraba en el mundo hace 50 años. Ni nada más valioso que la herencia que le ha dejado a la tecnología moderna esa competencia entre la desaparecida Unión Soviética y los Estados Unidos por alcanzar no sólo la Luna como gran objetivo, sino salir del globo terráqueo. No fue una sana competencia entre capitalistas y comunistas, ni mucho menos un acalorado certamen deportivo entre los ingenieros de los proyectos, Apolo y Sputnik, fue una gran batalla disruptiva enmarcada en la Guerra Fría, que fue ganada por fortuna por Estados Unidos y la cultura occidental, que no solo puso una docena de hombres en la Luna (entre 1969 y 1972), sino que lideró los desarrollos espaciales posteriores como fue el establecimiento de la International Space Station, que aún sirve de plataforma para lanzar todas las sondas, para ir más allá y ser la piedra angular de la conquista espacial que nos espera en pocos años.

Pero el mundo ha cambiado mucho durante el último medio siglo y ahora no solo los Estados o países desarrollados son los que lideran los desarrollos tecnológicos a través de sus instituciones, sino que las grandes empresas de alta tecnología empiezan a ser las llamadas a recibir la posta y continuar con esa carrera, medio siglo después; esa conquista de las galaxias que se ha sentido inconcluso en los últimos años. Ya no puede ser una competencia de los gobiernos de estadounidenses contra rusos, alemanes o chinos, pues éstos tienen otras obligaciones más básicas con sus gobernados; son las grandes compañías las obligadas a hacer esas inversiones millonarias en busca de otras fronteras del conocimiento. No estamos en las sociedades obsoletas de los siglos anteriores en las que quien ponía una bandera domina el entorno, atravesamos una sociedad más moderna en la que son las patentes, las invenciones y la audacia las que marcan el desarrollo. Experimentamos el poder de compañías como Facebook, Amazon, Apple, Samsung, Huawei o Microsoft, que más que seguir ganando dinero en la Tierra deben mirar al cielo como su próxima misión.

Elon Musk, CEO de SpaceX y Tesla, es uno de los muchos empresarios modernos inspirados en el proyecto Apolo. En una reciente entrevista en la revista Time planteó que, “mantuve mis esperanzas en todo lo que sucedería después de esa misión: una base en la Luna, enviar personas a Marte y para 2019 viajar a los satélites de Júpiter. Si preguntáramos a las personas en 1969, es lo que esperarían (...) pero aquí estamos en 2019 y los Estados Unidos no tiene la capacidad de enviar personas a órbitas bajas de la Tierra”. Por eso, ahora no solo se trata de emocionar a la sociedad con ir a otros planetas, ni de presionar a los congresos para que aumenten presupuestos a sus programas espaciales, el objetivo es involucrar a las grandes compañías en proyectos antes exclusivos de los gobiernos por pura seguridad nacional. La financiación privada es la clave no solo para volver a pisar la Luna, sino ir más allá en el sueño primigenio de todas las culturas de buscar nuevas fronteras. Nada más inspirador para el mundo empresarial que el viaje de los hombres a la Luna, en una época en la que se sobrevaloraba el conflicto hemisférico de países y se olvidaba en gigante paso que daba el hombre en pos de abrir nuevos caminos a un universo aún inexplorado.

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