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El polvorín social en la frontera del sur
La guerra arancelaria Colombia-Ecuador engrosará la literatura política y económica como esos conflictos inútiles que le pasarán la cuenta de cobro a una frontera empobrecida
Por donde se revisen los datos de desarrollo humano de Colombia y Ecuador, se observa que ambos son países subdesarrollados, con tareas pendientes en la satisfacción de necesidades básicas como salud, educación, transporte, vivienda y entretenimiento, pero, sobre todo, seguridad. Especialmente en la frontera norte de Ecuador y la sur de Colombia, unos 600 kilómetros de puro y duro olvido: un territorio que se ha convertido en el nuevo dorado de los narcotraficantes continentales, quienes se pavonean desde Esmeraldas hasta el Valle del Cauca, usando una gran autopista sin Dios ni ley que es el océano Pacífico.

Ese abandono ha hecho que ciudades como Manta, Buenaventura o Cali sean algunas de las más violentas del continente, y que los carteles del narcotráfico mexicanos hayan convertido el territorio binacional en una despensa de cocaína y en un mercado de tráfico de armas sin igual en el mundo. El gobierno de derecha de Daniel Noboa decidió escalar los impuestos arancelarios a los productos colombianos (100%) en represalia porque Gustavo Petro, de izquierda, no combate a los grupos armados ilegales que dominan la región.
A su vez, la Casa de Nariño ha respondido con trabas arancelarias de 75%, escalando una guerra de pobres que solo afecta a los empresarios de ambos países y a los mismos gobiernos. Entre enero y noviembre del año pasado, Colombia exportó a Ecuador US$1.673,1 millones, una cifra menor frente a los US$1.728,7 millones del mismo periodo de 2024.
Esto representa una caída de 3,2%, es decir, cerca de US$55,6 millones menos, de acuerdo con cifras de Analdex. La principal razón de esta reducción fue la fuerte caída en la venta de energía eléctrica, que pasó de US$281,1 millones en 2024 a US$133,6 millones en 2025, lo que equivale a una disminución de 52,5%. Este dato muestra cómo los productos energéticos pueden cambiar rápidamente el comportamiento del comercio total.
El pasado enero, Ecuador incrementó 900% la tarifa de transporte por cada barril que Colombia saca por sus oleoductos amazónicos, unos 15.000 diarios, lo que ha hecho inviable este camino. Con ese absurdo tira y afloje de aranceles, los grandes perdedores son los habitantes de la frontera, que ven cómo, desde remotas capitales, las ideologías los perjudican. Lo más probable es que el narcotráfico se redoble y explote una bonanza de contrabandistas que aprovecharán la guerra arancelaria y la dolarización en la frontera.
Las decisiones ejecutivas de las dos capitales no son aceptadas por los pobladores de las provincias y departamentos del vecindario. El viejo Pacto Andino, que zanjó desde hace décadas las relaciones comerciales entre ecuatorianos y colombianos, ha operado y generado una zona comercial sin mayores problemas, pero ahora, con esas “alcaldadas” de mandatarios, la distancia norte-sur y sur-norte se va a profundizar.
Los impuestos arancelarios son instrumentos muy formales que desconocen el comercio informal, del cual están construidas las fronteras de países pobres y en vías de desarrollo. El viejo chascarrillo de que el IVA no pegó en el Chocó puede aplicarse en versión arancelaria a la frontera ecuatoriana, donde el contrabando y el narcotráfico se potenciarán como única manera de subsistencia ante la eliminación del comercio formal. El polvorín en la frontera es inevitable y el viejo efecto cobra se evidenciará de nuevo.
El sistema tributario no se puede convertir en un juego de cobrar impuestos que al final deben devolverlos a los contribuyentes en una suerte de juego de financiación electoral
Se ha fracasado en el manejo de las regalías, plata de todos, que por su mal manejo se va al bolsillo de corruptos, expertos en recibir estos impuestos, sin que nadie haga nada