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El fenómeno conocido como "retail therapy" también ha sido abordado desde una perspectiva neuropsicológica, donde se explica que el consumo activa el sistema dopaminérgico de recompensa
En contextos de ansiedad e incertidumbre, el consumo deja de ser una práctica racional orientada a la necesidad y se convierte en una estrategia de regulación emocional. Esta relación no es una intuición cultural ni un cliché contemporáneo, sino que ha sido documentada de forma sistemática por la psicología y los estudios de comportamiento del consumidor durante las últimas dos décadas.
Uno de los trabajos clave en este tema es el estudio The Benefits of Retail Therapy: Making Purchase Decisions Reduces Residual Sadness, publicado por los psicólogos Scott I. Rick, Beatriz Pereira y Katherine A. Burson en el Journal of Consumer Psychology. A partir de experimentos controlados, se demostró que el simple acto de tomar decisiones de compra, incluso sin concretar la adquisición, reduce la tristeza residual y la sensación de pérdida de control. El hallazgo central es clave: no es el objeto comprado lo que alivia el malestar, sino la experiencia de elegir. En situaciones de estrés, decidir qué comprar devuelve al individuo una percepción momentánea de agencia.
El fenómeno conocido popularmente como "retail therapy" también ha sido abordado desde una perspectiva neuropsicológica. Investigaciones citadas por la psicóloga clínica April Benson, especialista en compra compulsiva y autora de To Buy or Not to Buy, explican que el consumo activa el sistema dopaminérgico de recompensa, el mismo involucrado en otras conductas placenteras. Esta activación produce una sensación inmediata de alivio y bienestar que, sin embargo, tiende a ser efímera.
La evidencia empírica refuerza esta advertencia. Un análisis publicado en Current Addiction Reports señala que existe una correlación consistente entre ansiedad, depresión y comportamientos de compra compulsiva, especialmente en contextos de alta incertidumbre económica o presión social. El estudio subraya que, aunque el consumo puede reducir el malestar en el corto plazo, no solo no resuelve el problema de fondo, sino que puede intensificarlo a través del endeudamiento y la autoevaluación negativa.
En la era digital, esta dinámica se amplifica. Investigadores del comportamiento digital han observado que el comercio electrónico nocturno y el consumo desde el celular están estrechamente asociados con insomnio, ansiedad, fatiga emocional y, en algunos casos extremos, al trastorno de adicción a internet. La compra deja de ser una actividad excepcional y se integra al flujo constante de estímulos, convirtiéndose en una respuesta casi automática al cansancio mental. El estrés ya no se gestiona en espacios externos, sino en soledad, frente a una pantalla.
La ciencia coincide en un punto central. El consumo no es irracional en sí mismo, sino profundamente coherente con una época atravesada por el estrés crónico. Entenderlo como respuesta emocional permite leerlo no como un vicio individual, sino como un síntoma colectivo. La pregunta de fondo no es por qué compramos cuando estamos ansiosos, sino por qué el mercado se ha convertido en uno de los pocos espacios donde aún sentimos control.
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