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Analistas 27/03/2025

Aprender a aprender

Aprender a aprender suena como algo simple, un trabalenguas de esos que nos enseñaron en nuestros primeros años de colegio junto con tres tristes tigres comen trigo… Sin embargo, al ver a algunos de mis clientes intentarlo, he llegado a concluir que es algo complejo que para algunos presenta un reto.

Creo que lo es porque desde una temprana edad solemos ser premiados por eso que “sabemos hacer” y no por lo que nos conlleva a ese destino final, sea ese algo gatear, hablar, dividir, multiplicar - y la lista continua de lo que se espera que eventualmente sepamos hacer. Es decir, la mayor parte del tiempo recibimos retribución por el resultado -más no por el proceso que nos lleva al mismo. Lógicamente, eso nos motiva a esforzarnos hasta llegar al resultado- en el menor tiempo posible. También hace que declararnos aprendices tome coraje porque es una admisión de estar en proceso a algo -lo cual es una señal clara que nuestro saber no es un producto terminado- y, por lo tanto, nosotros no somos dignos (aún) de ser retribuidos.

¿Y qué si nuestro saber no es un producto terminado? Repasemos lo que nos consiguió aprobación de los adultos a nuestro alrededor - lograr algo. Para la mente adulta parecería cosa fácil declarar: “¡Y qué mi importa que los demás no aprueben de mi saber...y qué!”. Resulta que no es tan sencillo que no nos importe la desaprobación de otros porque recibir aprobación es nuestro tiquete a ser parte de una tribu (así esta sea urbana) - a pertenecer. Por lo tanto, pertenecer, cumple una función vital porque es una de las maneras como los seres humanos conseguimos protección. Visto de otra manera, quedarse afuera del montón, llámese “comunidad”, “sociedad”, “organización” o “profesión”, representa una amenaza real para nosotros. No es por falta de personalidad que nos importa tanto “no pertenecer” - viene de un lugar visceral.

En gran parte ese hecho de la condición humana explica por qué el piloto automático de gran parte de la población es, lo que la autora y psicóloga Carol Dweck llama en su libro Mindset - la actitud del éxito, una mentalidad fija. Esa que la guía la creencia que nuestras habilidades son innatas y por lo tanto incambiables. Una de las principales virtudes de “creer que sabemos” es que nos lleva a buscar evidencia que lo comprueba. Encontrarla nos aporta un sentido - así sea falso - de seguridad. El lado sombrío de esa creencia es que pone un límite a eso que logramos saber - lo cual a largo plazo atenta contra nuestra seguridad. Spencer Johnson, el autor de ¿Quién se ha llevado mi queso? hace un buen trabajo en relatar con humor algo que en la vida real puede tener consecuencias muy serias. Creer que lo sabemos nos puede dejar estancados en un lugar donde ya no hay “queso” o sustento.

Lograr algo que para muchos se siente anti natural, como lo es creer que no importa cuánto sabemos, aún nos falta mucho por abarcar, hace un llamado a nuestras facultades más altas. Esas que nos permiten entender que ser un aprendiz -a diferencia de un aprendido- despierta nuestra curiosidad, capacidad de asombro, creatividad y posibilidad de mantenernos conscientes frente a la complejidad de la vida. También requiere de algo relativamente sencillo - la práctica. Te invito, la próxima vez que te encuentres diciendo “sí, yo sí sé” a pausar y a tomar un paso hacia atrás para evidenciar que eso que ya sabes es tan solo una gota en un gran océano - el del “saber”.

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