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El fenómeno que este año expertos han llamado incluso un “superniño” no es una sorpresa meteorológica: ha sido advertido durante meses. Estamos a semanas de enfrentar temperaturas sin precedentes, sequía y reducción de caudales; lo más grave, una fuerte presión sobre la generación hidroeléctrica, que es la que brindaría margen de respuesta. Sin embargo, nos enfrentamos a una reacción lenta y a un gobierno en campaña. Se sigue reaccionando tarde, mal y con discursos ideológicos, en lugar de anticiparse con planeación técnica y liderazgo público.
A estas alturas, el país debería estar movilizando toda su capacidad institucional, energética y territorial. Pero ocurre exactamente lo contrario: reina la improvisación, la confrontación política y una preocupante ausencia de conducción estratégica. La reciente tragedia invernal en el departamento de Córdoba corroboró esa incapacidad: 25 de sus 30 municipios resultaron afectados y más de 200.000 personas damnificadas, vías destruidas e irreparables pérdidas, mientras la respuesta fueron mercados y colchonetas. Vergonzoso.
Varios factores de análisis. Primero, las empresas generadoras de energía atraviesan una creciente incertidumbre financiera y regulatoria por los mensajes contradictorios del gobierno. Si a esto se suman los problemas de liquidez derivados de las deudas acumuladas por comercializadoras intervenidas y los congelamientos tarifarios, se está debilitando la confianza de quienes invierten y sostienen la seguridad energética del país.
Segundo, en materia económica, dado que la inflación sigue en aumento y las finanzas públicas están en crisis, una emergencia climática mal gestionada puede convertirse rápidamente en una crisis económica. Al afectar la productividad agrícola y ganadera, se encarecen los costos de producción y, por ende, el precio de los alimentos. Las pequeñas y medianas empresas, que ya sobreviven en medio de la desaceleración económica, la inflación y las altas tasas de interés, enfrentarían nuevos incrementos en los costos operativos de funcionamiento. El resultado es un efecto dominó sobre la economía nacional.
Lo más preocupante es que el país ya conoce esta película con el apagón de 1992 y su grave impacto en la economía. Si el gobierno no logró administrar correctamente una temporada de lluvias, la pregunta estratégica es inevitable: ¿está preparado para enfrentar un fenómeno de El Niño que podría comprometer agua, energía, producción agrícola y estabilidad económica?
Colombia depende estructuralmente de su generación hidroeléctrica: cerca de 70% de la energía nacional proviene de embalses y sistemas hídricos. Cuando llega El Niño, disminuyen las lluvias, caen los niveles de los embalses y el sistema entra en tensión. Históricamente, el país ha logrado resistir gracias a una combinación de reservas técnicas y disciplina regulatoria. La principal obligación de un Estado moderno no es reaccionar ante las crisis: es anticiparse a ellas. Pero en este gobierno no sucederá; seguirá en campaña, ignorando los hechos de violencia, inventándose fraudes electorales y culpando de todas las tragedias a los demás, como en este caso, a las empresas generadoras.
Dejo las siguientes puntadas para un próximo gobierno serio y técnico. Enfrentar este fenómeno -que se extenderá hasta el segundo semestre- requiere conformar una instancia estratégica con facultades extraordinarias entre ministerios (como en pandemia), definición financiera para garantizar la estabilidad de las empresas generadoras, protección de embalses, campañas masivas de ahorro de agua y energía, así como un apoyo preventivo al sector agropecuario. La costa Atlántica y Pacífica, las cuencas de los ríos Magdalena y Cauca, así como las zonas de altiplano, son prioridad.
Cuando un país transmite señales de improvisación frente a amenazas previsibles, el costo termina reflejándose en nuestro bolsillo. La energía no funciona a punta de discursos, sino con inversión preventiva, reglas claras y capacidad técnica, porque cuando El Niño llegue con toda su intensidad golpeará por igual a campesinos, empresas y a nuestros hogares.
Tenemos democracia, aunque algunos digan que no. A diferencia de lo que ocurre en las dictaduras, aquí nadie sabe de antemano quién va a ganar, lo cual alivia poco la ansiedad generada por la incertidumbre
A los señores candidatos y a sus séquitos, el país los está viendo, los está evaluando y espera mucho más de ustedes. Es hora de guardar la vanidad en el cajón, acordar un mecanismo de unión y plantarse juntos para defender la libertad