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Hoy en día, por la velocidad del mundo, por la superficialidad, por la forma como nos están invadiendo las redes sociales, por la idea de una felicidad como meta conseguida sin esfuerzo, por el afán desmedido por el logro por cualquier medio, por la pérdida de la capacidad de admirar lo sencillo y esencial -todo lo cual pasa delante de nosotros sin que lo veamos-, vivimos como anestesiados, robotizados, en plena pandemia del poshumanismo. Por todo esto y por mucho más, resulta reconfortante y admirable encontrar personas excepcionales, como lo es José A. Hoffmann D. Hoy, un juez de la República a carta cabal.
Tuve la fortuna de leer su libro Un juez contra toda adversidad, que es de fácil lectura y que, sin mayores pretensiones literarias, narra de manera muy simple las peripecias de una persona, no solamente para superar los obstáculos que le pone la vida enfrente, sino para superarse a sí misma. Pero, además de leer el libro, tuve una amena e interesante conversación con él. Sería insuficiente decir que lo ha logrado a pesar de las dificultades; lo correcto es afirmar que es una persona normal que ha tenido que atravesar y recorrer el camino vital en circunstancias absolutamente extraordinarias: empezando por un tema físico, pasando por la discriminación y siguiendo, no por la pérdida -porque eso nunca es una pérdida-, sino por la partida temprana de su madre, quien fue el pilar, el motor y la esencia de su vida. Y aquí quiero detenerme, pues del libro y de escucharlo aparece, literalmente, un ser humano ejemplar.
Pero, además de todo, al conversar con él se encuentra uno con una persona culta, estudiada, con una posición muy definida frente a sus convicciones y a la vida, sin el menor atisbo de resentimiento por lo que le ha tocado vivir.
He sido siempre un defensor de los funcionarios de la rama judicial, y he tomado esta actitud porque, en el devenir del ejercicio profesional, me ha tocado enfrentarme, lidiar, sufrir, disfrutar, aprender y controvertir con diferentes jueces. Me he encontrado, con muy contadas excepciones en más de 35 años de ejercicio, con personas comprometidas, honestas, dedicadas a lo suyo, con vocación y con convicción, y que, aun sin darse cuenta, luchan por que tengamos una sociedad más justa, una sana convivencia dentro del marco de la ley. Y eso que, así como he tenido muchos éxitos profesionales, he tenido sinsabores: no siempre han prosperado mis pretensiones, pero, en fin, eso es parte de la vida.
Vamos perdiendo la capacidad de asombro, la capacidad de disfrutar, la capacidad de admirar el milagro que es vivir, la capacidad de creer en los demás. Y tendemos, con el paso del tiempo, infortunadamente, a hacernos pesimistas, a vivir estresados, a vivir acelerados. Pero encontrarse con una persona como José A. Hoffmann D. lo devuelve a uno a la esencia de la vida, a entender cuán grande es vivir, a comprender que hay toda la esperanza, a la necesidad de retornar a la fortaleza, a la disciplina, al optimismo, a la fe, como motores de una vida plena y feliz.
Observándolo y conversando con él, se entiende, o mejor, se recuerda, que la vida nunca es un camino plano. La vida tiene altos y bajos, y depende de cada uno de nosotros llegar a nuestra realización personal. Y no es que sea difícil; es que exige honestidad con uno mismo, disciplina, carácter, constancia y coherencia.
Es realmente reconfortante encontrar este tipo de personas frente al momento que estamos viviendo, en el cual opinar diferente lo constituye a uno como enemigo de los demás. ¡Qué error, qué egoísmo, qué superficialidad, qué falta de ser gentes! La semana pasada, a propósito de mi columna sobre Cepeda, recibí, literalmente, insultos y ataques, los cuales ni me afectan ni me hacen detenerme, pero sí me ponen a pensar en el grado de intolerancia y de degradación. Cuando lo único cierto es que todos, sin excepción, queremos lo mejor para nosotros, para nuestra sociedad y para nuestro país. Pero qué ceguera, qué brutalidad la que nos está atacando para pensar que somos enemigos, cuando el bien de uno termina siendo el bien de todos.
Remata su obra diciendo: “La vida, como lo dije anteriormente, encuentra su sentido en la medida en que respondemos adecuadamente a las circunstancias que nos pone enfrente”.
No, José A. Hoffmann D., con todas sus peripecias y circunstancias, no es que sea un héroe. Es la persona que, como resultado de sus convicciones y de su tenacidad, todos deberíamos llegar a ser algún día.
Tenemos democracia, aunque algunos digan que no. A diferencia de lo que ocurre en las dictaduras, aquí nadie sabe de antemano quién va a ganar, lo cual alivia poco la ansiedad generada por la incertidumbre
A los señores candidatos y a sus séquitos, el país los está viendo, los está evaluando y espera mucho más de ustedes. Es hora de guardar la vanidad en el cajón, acordar un mecanismo de unión y plantarse juntos para defender la libertad
Estamos cerrando brechas y abriendo mercados. El agua es nuestro gran activo, y su poder económico es la herramienta con la que estamos garantizando que el Atlántico siga liderando la transformación