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Analistas 01/05/2026

ArtBo - Fin de semana

Sergio Mutis Caballero
Presidente Grupo Valor

La ciudad que se revela en sus galerías. Hay fines de semana en Bogotá que no se planean: se recorren. La iniciativa de la Cámara de Comercio de Bogotá “ArtBo Fin de semana”, es uno de ellos. No es solo una feria ni una agenda cultural; es una forma de leer la ciudad a través de sus espacios, sus artistas y sus silencios.

El punto de partida puede ser -el centro histórico- que obliga a mirar hacia atrás. No por nostalgia, sino por rigor. Allí, entre muros cargados de historia, aparecen nombres que sostienen el relato del arte colombiano: Edelmira Boller, Norman Mejía, J. Antonio Roda. No son estaciones de un recorrido; son evidencia de que la modernidad artística en Colombia se construyó con disciplina y carácter.

Pero el arte, como la ciudad, no se queda quieto.

El salto hacia Chapinero cambia el pulso. Aparecen nuevas generaciones, otros lenguajes, búsquedas más abiertas. Jerónimo Villa -joven, pero con voz propia- encarna ese tránsito entre tradición y riesgo. En Quinta Camacho Casa Zirio arte contemporáneo. Las galerías como El Museo o Sextante no solo exhiben obra: curan conversaciones. Allí el arte deja de ser contemplación y se vuelve diálogo.

Luego está San Felipe. Quizás el verdadero termómetro. No porque todo sea trascendente, sino porque allí se permite experimentar sin pedir permiso. BEJ, Julia Bejarano y muchos otros espacios funcionan como laboratorios donde el error también tiene lugar. En una ciudad que suele castigar la improvisación, estos enclaves celebran la posibilidad de intentar.

Ese es el valor del recorrido: no es lineal ni jerárquico. Es fragmentado, como Bogotá. El centro conserva, Chapinero interpreta, San Felipe arriesga.

Y en medio de ese tránsito aparece otra dimensión: la ciudad como experiencia completa. No es menor que el recorrido incluya pausas -un café, un almuerzo, una conversación-. Los restaurantes en San Felipe pueden ser tan reveladores como una galería. Porque el arte, cuando es auténtico, no se queda en las paredes: se extiende a la vida cotidiana.

Al caer la tarde, el recorrido encuentra su cierre en el Chicó. Allí, lejos del vértigo experimental, aparecen galerías de curaduría consolidada, donde el oficio vuelve a imponerse. Nombres como Francisco Quintana y Beatriz Esguerra representan trayectorias sólidas y una forma de entender el arte con criterio, continuidad y visión. No hay improvisación: hay selección y rigor.

Ese remate no es casual. Es la síntesis del recorrido: de la memoria al riesgo, y del riesgo a la consolidación.

ArtBo, visto así, deja de ser evento y se convierte en excusa. Excusa para caminar Bogotá sin prejuicios. Para reconocer que el talento no está concentrado en un solo punto, sino disperso, siempre en construcción.

En una ciudad marcada por la prisa, estos recorridos cumplen una función silenciosa: obligan a detenerse. A mirar mejor. A entender que, detrás de cada obra, hay una conversación sobre quiénes somos.

El arte no transforma la ciudad de un día para otro. Pero puede cambiar la forma en que la habitamos. Eso es Bogotá, ciudad de cultura.

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