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Analistas 01/05/2026

¿Nos extraña la violencia política?

Ignacio-Iglesias

Lo que se obtiene con violencia, sólo puede mantenerse con violencia (Gandhi)

Esta frase es perfectamente extrapolable a cualquier tipo de violencia; no sólo a lo que en estos días se denomina violencia política, a raíz del supuesto último intento de atentado contra el presidente de los EE.UU. Digo lo de supuesto, porque ya es el tercer intento y en todos ellos han sucedido cosas un tanto sorprendentes que hacen que tenga ciertas dudas sobre la veracidad de dichos atentados.

Al margen de lo que yo pueda opinar de lo que le ha sucedido a Trump, la realidad es que estamos embarcados en una espiral realmente muy peligrosa que nos está llevando a un clima de sobre excitación y exasperación del que nos podemos arrepentir antes que después.

Sin embargo, ¿realmente nos extraña que exista este tipo de violencia?

En un mundo donde el enfrentamiento e incluso el maniqueísmo han dejado paso a un sectarismo y una polarización tan extrema, ¿a quién le puede sorprender que se produzcan este tipo de situaciones? A mí en absoluto. Incluso podría decir que pocas cosas pasan dado el nivel de crispación existente, no sólo entre los dirigentes políticos, sino dentro de la sociedad.

La mayor parte de las personas ven el origen de dicha violencia en las disparatadas acusaciones, argumentos o alocuciones de los políticos que en su afán de defender muchas veces lo indefendible, cargan contra el de enfrente en lugar de convencernos de las bondades de lo que pretenden transmitirnos. Siempre ha sido más fácil argumentar que criticar; destruir que construir; restar que sumar.

No voy a quitar un ápice de responsabilidad a la mediocre clase política que nos gobierna al margen de su ideología. Sin embargo, a lo anterior se suma el hecho de encontrarnos en una sociedad hiper conectada y donde cualquiera puede decir lo que quiera, con o sin sentido. Hay tantos altavoces y posibilidades de compartir una opinión y que tenga repercusión, que el efecto dañino que puede producir se multiplica hasta el infinito siendo las consecuencias que se pueden derivar de esto, algo pernicioso e incontrolable.

Hasta hace unos años había debate y lucha política entre adversarios, pero al menos yo sentía que había un respeto por el que tenían enfrente y que sólo los movimientos más extremos, populistas, de izquierda o derecha, eran de los que partían las ideas y acusaciones que buscaban cultivar la lucha, no ya dialéctica, sino física y de la que podrían derivar atentados, asesinatos, magnicidios, revoluciones…

Esto últimos, los populistas, siguen enfrascados en esa misma retórica anabolizada por el uso de las redes sociales y de ciertos medios que en su afán de ganar notoriedad, se suben a ese caballo del insulto, de la exageración y del descrédito sin límite alguno; las consecuencias que se pueden derivar de ello poco les importan y sin duda pueden ser infinitamente más peligrosas que antaño.

En la sociedad actual, el nivel de permeabilidad e influencia de lo que se comunica es tremendo, Si a eso le sumamos lo sencillo que es su transmisibilidad, las posibilidades de que se pueda contener una vez que entre en la espiral comunicacional, son realmente complicadas.

El problema con el que nos encontramos ahora es que esa crispación también la provocan aquellos partidos que en teoría están dentro del espectro más moderado. Lo hacen porque piensan que de la descalificación pueden sacar más rédito político que de la argumentación. Lo dicho: todo esto se produce por la falta de una clase política de nivel.

Puede sonar a soniquete, pero ¿cuántas veces hemos dicho y oído que ya no hay políticos tan preparados como los de antaño? En España tenemos el caso de los dirigentes que lideraron la transición a la democracia desde la muerte de Franco hasta principios de este siglo, donde si algo les unía, al margen de ideologías, era la búsqueda del consenso para el bien de la sociedad española. Ahora esto es absolutamente imposible. Su supervivencia política depende del enfrentamiento y de la destrucción del adversario, al margen de lo que puedan demandar sus ciudadanos. No hay respeto por lo que pensemos, ellos viven en su mundo: un mundo paralelo donde se necesitan porque sin oponentes políticos a los que agredir, se les acabaría el sustento.

¿De qué vivirían tantos y tantos dirigentes si no tuvieran un cargo cuasi vitalicio en la vida política?

Ahora bien, esto no va sólo de políticos o de una sociedad conectada con múltiples pantallas para visualizar opiniones, imágenes, trozos elegidos de entrevistas fuera de contexto…

Hay otro elemento que no es baladí y que contribuye a alimentar esa violencia política: me refiero a ciertos medios de comunicación y periodistas (por llamarlos de alguna manera), que los representan. Todos ellos contribuyen sobremanera a que el caldo de cultivo ya de por si suficientemente esquizofrénico, llegue a un estado de ebullición que haga que la polarización se multiplique por n.

Con todo esto, repito la pregunta con la que empecé mi reflexión: ¿realmente nos extraña que haya cada vez más violencia política? La combinación de políticos mediocres, medios paniaguados que viven del esperpento comunicacional para sobrevivir y un acceso ilimitado a pantallas sociales hace inevitable que cada vez haya más episodios como el del pasado fin de semana, independientemente de que sea más o menos cierto. Tenemos muchos ejemplos durante los últimos años que demuestran la existencia de esta nueva lacra social.

Como dijo un político español hace unos días refiriéndose a otro tema bien distinto, pero que también azuza el fuego de la violencia: “de todos esos polvos, vienen estos lodos”.

¿Seremos capaces de volver poco a poco a la senda de la serenidad y el respeto dentro de la más que defendible discrepancia? Sinceramente creo que necesitamos otros polvos; aquellos donde la empatía y el pensar en lo que preocupa al que representan se sitúe en el centro del debate y se dejen al lado egoísmos, estrategias tacticistas y personalismos que busquen su simple supervivencia.

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