Analistas 17/11/2020

Calidad educativa como política pública

El último reporte sobre desempeño educativo de los jóvenes colombianos arroja resultados preocupantes sobre la calidad de su aprendizaje. Si bien el promedio de sus resultados se mantiene en posiciones intermedias-bajas respecto del promedio alcanzado por países Ocde, continuamos mostrando graves deficiencias sobre los mínimos requeridos para ser operativos en las actividades del día-a-día.

Por ejemplo, 40% de nuestros estudiantes jóvenes (cercanos a 15 años de edad), que tomaron las pruebas globales en 2018, se rajaron simultáneamente en las tres áreas de evaluación sobre comprensión de lectura, matemáticas (usar las 4 operaciones para solucionar problemas) y ciencias básicas. Este 40% de rajados en Colombia supera significativamente el promedio de rajados observado en países Ocde, que es tan solo de 13%.

Colombia venía mostrando algunos progresos en sus tendencias de mediano plazo, ganando 5-7 puntos por área. Pero resulta que las brechas, aun contra el promedio Ocde, son inmensas: estamos por debajo de dicho promedio en 75 puntos en lectura, 98 en matemáticas y 76 en ciencias. Esto implica que esos correctivos de tendencia representaban menos de 10% de la brecha existente. Tras el descalabro en las pruebas 2018, Colombia ha perdido 13 puntos en lectura, 2 puntos en ciencias y solo ganamos 1 en matemáticas.

Así, nuestro desempeño educativo continúa siendo mediocre, aun por debajo de Chile y México, y con ganancias marginales frente a Argentina, Brasil o Perú. Con frecuencia se piensa que por allí existen unos “pilos” que habrán de sacar la cara por el país, pero las estadísticas nos dicen que esa es una falsa ilusión: primero, la proporción de aquellos con desempeño sobresaliente tan solo representa 1,5% de nuestros evaluados, mientras que el promedio en países Ocde es de 16%; y, segundo, seguramente los de alto desempeño emigrarán de Colombia y el grueso de nuestro aparato productivo tendrá que operar con ese 40% que es incapaz de leer instrucciones y aplicarlas en su puesto de trabajo o realizar sumas-restas para solucionar problemas diarios. De allí que la productividad promedio de Colombia continúe siendo un 22% de la obtenida en los países desarrollados, sin progreso alguno durante las últimas cuatro décadas.

Entretanto, el mundo continúa experimentando tensión educativa y laboral a manos de la robótica. La automatización digital de procesos amenaza de forma creciente precisamente a esos estudiantes con pobres habilidades cognitivas y terminará llevándolos al empleo informal y poco productivo.

Lee (2018 “Artificial Intelligence”) ha calculado que cerca de 48% del mercado laboral se verá profundamente alterado durante la próxima década (38% por desplazamiento y 10% por disrupción total). Estas cifras sobre amenaza laboral han sido materia de debate internacional, en función del enfoque que se tome. Unos miran tareas específicas y otros las cadenas productivas, tratando de medir efectos de desplazamiento inter-sectoriales y otros el efecto neto de automatización total (disrupción).

Al mirar simplemente “tareas en riesgo”, se tenían conclusiones disimiles para el mundo desarrollado: la Ocde tan solo veía un riesgo laboral para 9% de las tareas, pero PwC llegaba a 38% y el estudio de Oxford a 50%. Posteriormente se actualizaron varios de estos estudios y se enfocaron también en las cadenas productivas. Así, Lee encuentra que ese riesgo laboral es de 38%, mientras que Bain (2019) lo postula hasta en 80% ( = 25% por desplazamiento + 55% por supresión), mayores detalles en: https://sclavijov.blogspot.com.

A pesar de todo lo dicho sobre los supuestos progresos en calidad educativa (una de las banderas de la Administración Santos y ahora de Duque), el retroceso reciente clama es por serios correctivos en las estrategias educativas. Infortunadamente, ni la pugna institucional con los representantes de los educadores (Fecode) ni la forma en que se asignan en bloque los recursos educativos (en vez de premiar a maestros que progresan) permiten ser optimistas sobre la posibilidad de contener este deterioro en calidad educativa.

Más aun, en pos-pandemia estos dos elementos están dando señales de que la situación tenderá a empeorarse. En Bogotá, por ejemplo, se acaba de anunciar que la presencialidad parcial en los colegios públicos se ha postergado para 2021. Y, a nivel nacional, Fecode ha expresado su rechazo al regreso a las aulas de clase. Esto a pesar de que numerosos colegios privados han venido dando ejemplo sobre la forma de lograrlo rotando tanto estudiantes como profesores.

La situación de presencialidad ya venía siendo precaria por cuenta de los recurrentes paros durante 2013-2019. Ahora la pandemia 2020-2021 estará haciendo estragos en la calidad educativa, especialmente en el estamento público. Recordemos que en pre-pandemia la “jornada completa” tan solo cubría 20% de los colegios públicos (... varias ONGs han documentado cómo lo que suele ocurrir en la otra media jornada es un fatal desaprendizaje).

Es urgente superar el discurso light de educación-naranja y tomar correctivos profundos en los temas verdaderamente importantes, tales como educación vocacional, jornada única, formación-práctica digital, conectividad-masiva, entre otros.