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Analistas 18/06/2026

La nueva inquisición

Guillermo Cáez Gómez
Socio Esguerra JHR
GUILLERMO CAEZ

Hay algo que me preocupa más que los hechos de un caso. Me preocupa lo que los hechos despiertan en nosotros como sociedad. Durante los últimos días, una denuncia contra un ciudadano extranjero acusado de abusar de un menor de edad provocó una reacción inmediata en redes sociales.

Antes de conocer pruebas, antes de escuchar todas las versiones y antes de que las autoridades terminaran de establecer lo ocurrido, miles de personas ya habían emitido una sentencia.

Esta columna no pretende absolver a nadie ni condenar a nadie. No tengo los elementos para hacerlo y tampoco es mi función. Precisamente de eso se trata. De reconocer que la mayoría de nosotros tampoco los tiene y, aun así, nos sentimos autorizados para convertirnos en jueces de ocasión.

Lo que me llamó la atención del caso no fue únicamente la gravedad de la acusación. Fue la velocidad con la que apareció la necesidad de castigar. Como si la sola existencia de una denuncia fuera suficiente para destruir una reputación, acabar con una vida y borrar cualquier posibilidad de presunción de inocencia. Como si hubiéramos reemplazado la búsqueda de la verdad por el placer de la condena.

Y quizás ahí está el verdadero problema. Muchas personas ya no buscan entender, buscan sentirse moralmente superiores. La condena pública se convirtió en una forma de validación emocional. Cuando alguien es señalado, aparece una multitud dispuesta a participar del castigo porque eso le permite ubicarse automáticamente en el “lado correcto” de la historia.

No importa si conoce los hechos, mucho menos si tiene contexto. No importa si mañana aparece información que contradiga su opinión; lo importante es haber participado de la ejecución pública, como si padeciéramos de Fomo de la condena.

Vivimos en una época donde la sospecha pesa más que la evidencia y donde la indignación viaja mucho más rápido que los hechos. Las redes sociales nos convencieron de que opinar es participar y que reaccionar es pensar. Por eso cada vez resulta más frecuente ver multitudes actuando simultáneamente como investigadores, fiscales, jueces y verdugos.

Todo ocurre en cuestión de horas. Sin contexto, sin matices y sin la menor disposición a esperar.

Lo más preocupante es que estamos perdiendo la capacidad de dudar. Durante siglos la duda fue considerada una virtud intelectual. Era la puerta de entrada al análisis, a la reflexión y a la búsqueda de la verdad. Hoy parece una debilidad. Quien duda es acusado de tibio.

Quien espera más información es señalado de cómplice. Quien se niega a sumarse al coro de la indignación corre el riesgo de convertirse en el próximo acusado.

Y esta conducta ya no se limita a casos judiciales. La vemos en la política, en el fútbol, en los medios, en las empresas y hasta en las familias. Nos condenamos por una camiseta, por una ideología, por una opinión, por una creencia o por una publicación en redes sociales.

Hemos convertido la diferencia en una amenaza y el desacuerdo en una sentencia moral. Pareciera que la sociedad perdió la capacidad de convivir con la complejidad y ahora necesita reducir todo a héroes y villanos.

Tal vez por eso Colombia parece una sociedad permanentemente enfrentada consigo misma. Nos acostumbramos a dividir la realidad entre buenos y malos, víctimas y victimarios, amigos y enemigos. Y cuando alguien intenta introducir matices, pedir prudencia o simplemente esperar a conocer más información, es tratado como si estuviera defendiendo lo indefendible.

Pero la verdad rara vez aparece en los extremos. La verdad suele requerir tiempo, contexto y una capacidad que estamos perdiendo a gran velocidad: la capacidad de escuchar. Una historia contada desde un solo lado siempre será una historia incompleta.

Y una sociedad que toma decisiones desde historias incompletas inevitablemente termina construyendo realidades equivocadas. Quizás Colombia no necesita más opinión; tal vez nos hace bien más silencio, más disposición para comprender, menos certezas instantáneas y más preguntas.

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