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Una sola Colombia

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Iván Duque se convierte en el mandatario más joven de la historia. Próximo a cumplir 42 años, suele realzar su edad como garantía de renovación, le apuesta a la modernización del Estado, al desarrollo de la “economía naranja”, aquel modelo que promueve el emprendimiento y las industrias creativas, y a fortalecer el papel del sector privado como generador de empleo de calidad. Sin duda, un fuerte contraste con la agenda programática de su contendor, Gustavo Petro.

Más de diez millones de colombianos, afortunadamente, inclinaron la balanza a su favor con más de 12 puntos de diferencia, con lo que el presidente electo cuenta con plena legitimidad para llevar a cabo su plan de Gobierno.

Sin embargo, como lo señaló en su discurso de victoria, se gana con las mayorías, pero se gobierna para todos. En este sentido, un buen primer paso, sin caer en una posición ecléctica, es vislumbrar aquellos consensos de la población, los cuales fueron nublados por la creciente polarización propia de la época electoral.

Por ello, la postura conciliatoria del presidente electo, observada a lo largo de su campaña y ratificada en su discurso de victoria (no tanto así en la de su contradictor), permitirá tender puentes y llegar a acuerdos rápidamente sobre una agenda que es indispensable para potenciar el desarrollo del país.

Dentro de esta agenda de consenso vale destacar tres temas: la educación, el medio ambiente y la lucha contra la corrupción.

En principio, Iván Duque, al igual que los otros candidatos, ha reconocido la necesidad de establecer la jornada única como mecanismo para mejorar la calidad educativa y reducir la desigualdad social. Adicionalmente, la propuesta tendiente a ampliar el acceso a la educación pública con criterios de progresividad va en la dirección de lograr ese gran anhelo de todos los colombianos, disminuir nuestras brechas regionales en materia educativa.

En lo referente al medio ambiente y la importancia que tiene la sostenibilidad dentro de las políticas de desarrollo económico, temas también bandera del hoy presidente electo, sus propuestas llevarían no solo a diversificar nuestra matriz energética sino a rebatir los señalamientos (malintencionados) que apuntan a que la agenda del próximo gobierno no se enarbolará bajo la ética del siglo XXI, una ética protectora de la naturaleza y el medio ambiente.

Por su parte, en lo que concierne a la lucha contra la corrupción, las menciones explicitas del presidente electo sobre el combate al clientelismo, el apoyo a la consulta anticorrupción, y el impulso al uso de tecnologías como el blockchain o la factura electrónica, se espera que lleven no solo a una auditoría sobre los recursos públicos más estricta, sino a que la rendición de cuentas en la ejecución del presupuesto sea mucho más eficiente, otro gran anhelo de todos los colombianos.

Nos unen, a pesar de algunas diferencias, objetivos comunes: avanzar en este difícil pero prometedor proceso de construcción de país. De allí que llegar a un consenso sobre muchos de los retos que hoy encara el país es un imperativo que supone de los esfuerzos y la cooperación de todas las facciones políticas y sociales. Somos, al fin de cuentas, una sola Colombia.

Por último, quiero resaltar la gran oportunidad que tiene el Partido Conservador de renovarse y reinventarse de la mano del liderazgo fresco de Marta Lucia Ramírez, que sería de gran aceptación. En su actual desgaste y declive, el momento para la colectividad es único e irrepetible.

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