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Analistas 28/12/2017

Siempre tendremos a Casablanca

Rodrigo Botero Montoya
Exministro de Hacienda

En el mes de noviembre cumplió 75 años la película Casablanca. La película se puso en exhibición en 1942, cuando Estados Unidos había entrado a la Segunda Guerra Mundial y el desembarco del ejército americano en Marruecos había colocado a la ciudad de Casablanca en los titulares de prensa. Esas coincidencias de tiempo y de lugar contribuyeron al éxito inicial de una historia de amor interferida por la caída de Francia en junio de 1940. Después de haber sido el relato de un tema de dramática actualidad, Casablanca terminó por convertirse en un fenómeno cinematográfico singular, cuyo mensaje de honorabilidad conserva toda su vigencia.

El guion de la película fue la adaptación para el cine de una obra de teatro titulada Everybody Comes to Rick’s. Lo que se lleva a la pantalla es a un grupo de personas hablando en un bar. Por ese motivo, el diálogo adquiere mayor protagonismo que la acción. Esa es una de las fortalezas de la película. Expresiones como ‘the usual suspects’ y ‘play it again Sam’ se incorporaron a la cultura popular. Las conversaciones en el bar corresponden a cuestiones que trascienden las circunstancias individuales de los participantes. Así como en la Montaña Mágica, Thomas Mann situó en un sanatorio las tensiones de la sociedad europea de principios del siglo XX, Casablanca, como lugar de tránsito hacia la libertad, y el Café Américain, adquieren un carácter simbólico, como microcosmos de una crisis y de un conflicto de valores de escala continental.

Casablanca es una historia acerca de refugiados, interpretada por refugiados. La gran mayoría de quienes actuaron en la película eran refugiados europeos que le imprimieron a Hollywood un carácter cosmopolita en los años cuarenta. Los actores estaban poniendo en escena una versión de su propia experiencia. Hablaban inglés con acentos que revelaban autenticidad. El director de la película, Michael Curtiz, era húngaro. Ingrid Bergman, quien desempeñó el papel de Ilsa Lund, era sueca.

Para viajar de Casablanca hacia Lisboa, se requería una visa de salida expedida por el Jefe de Policía, Capitán Louis Renault, (Claude Rains), la autoridad francesa local. La trama se articula alrededor de dos cartas de tránsito especiales, que por casualidad fueron encomendadas al propietario del bar, Rick Blaine, (Humphrey Bogart).

La actitud inicial de Blaine hacia el conflicto europeo fue la de mantenerse al margen, a semejanza de la que había sido la de Estados Unidos. El desarrollo de los acontecimientos le demuestra la imposibilidad de mantener la neutralidad frente al nazismo. Y lo obliga a escoger entre sentimientos y deber. Lo que trastorna la relativa normalidad de la presencia Blaine en Casablanca es el ingreso al bar del héroe de la resistencia anti-Nazi, Victor Laszlo, (Paul Henreid), con su esposa Ilsa Lund, de quien Blaine se había enamorado en París, antes de la llegada del ejército alemán. De allí la expresión de Blaine, Siempre tendremos a París, al darle la despedida a Ilsa en el aeropuerto de Casablanca.

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