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Analistas 08/07/2021

Los adversarios de Occidente

Rodrigo Botero Montoya
Exministro de Hacienda

Con motivo de la celebración del centenario de la fundación del partido comunista, el presidente Xi Jinping se ha ufanado del surgimiento de China como una gran potencia y ha hecho explícita su animadversión hacia Occidente y hacia la democracia liberal.

En la retórica nacionalista del presidente Xi pueden identificarse tres versiones negativas de Occidente. La primera se refiere a las humillaciones padecidas durante el siglo XIX, cuando potencias europeas obtuvieron cesiones de soberanía para establecer enclaves semi coloniales donde no regía la legislación local sino la de la respectiva potencia extranjera ocupante. Fue precisamente en el enclave extraterritorial francés donde se fundó el partido comunista chino en 1921.

La segunda versión se refiere a las democracias industrializadas de Europa y Norte América, así como a Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda, países con una ubicación geográfica diferente. Esta es la versión de Occidente que, según Xi, estaría en decadencia.

La tercera versión no es de carácter geográfico sino conceptual. Es el conjunto de ideas surgidas de la Ilustración que enfatiza las libertades individuales, los derechos humanos, la razón, el imperio de la ley, la economía de mercado, la laicidad y la actitud cosmopolita como valores universales que constituyen los fundamentos de la democracia liberal. Este conjunto de valores, antagónico a las autocracias y a los totalitarismos de distinto orden, representa la verdadera amenaza a la forma de gobierno implícito en la hegemonía del partido comunista chino. Eso explica la brutalidad con la cual se aplastó la manifestación estudiantil de 1989 a favor de la democracia en la Plaza de Tiananmén, que produjo miles de víctimas.

También explica la represión, violatoria de lo acordado con el Reino Unido en 1997, que está teniendo lugar en Hong Kong para suprimir la libertad de expresión y las demás libertades individuales que resultan incompatibles con el régimen autoritario chino. La identidad indisoluble entre el partido comunista y la nación, en la cual insiste Xi, permite calificar la defensa de los valores democráticos como una agresión extranjera a la soberanía de China.

La República Popular China, proclamada en 1949 por Mao Zedong, tiene logros indiscutibles a su favor. Gracias a las reformas promovidas por Deng Xiaoping en 1978, el ingreso por habitante pasó de menos de US$200 en 1980 a más de US$10.000 en 2019, lo cual permitió sacar de la pobreza a 770 millones de habitantes. Por el lado del pasivo, se cometieron errores catastróficos, bajo la dictadura personal de Mao, como el Gran Salto Adelante (1958-1962), durante el cual murieron millones de personas y La Revolución Cultural (1966-1976), durante la cual se destruyeron las universidades. Para evitar la repetición de esos errores, Deng estableció límites temporales precisos al ejercicio del poder, límites que han sido eliminados por Xi, quien puede ejercer el poder presidencial en forma vitalicia. El reto que enfrenta China es demostrar que esa forma de gobierno es más eficaz que aquella que caracteriza a las democracias occidentales.