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Analistas 03/10/2019

La democracia se defiende

Rodrigo Botero Montoya
Exministro de Hacienda

Los grandes conflictos del siglo XX, desde 1914 hasta 1989, estuvieron relacionados con la necesidad de proteger la democracia contra amenazas de diversa índole: la autocracia del Káiser alemán, el régimen Nazi de Hitler y el comunismo soviético. Las democracias occidentales salieron victoriosas de las dos guerras mundiales con gran esfuerzo y a un enorme costo humano. El triunfo sobre la dictadura comunista ocurrió sin una confrontación bélica, a causa de la implosión de la Unión Soviética y la disolución de su control sobre los países de Europa del Este. En el resultado favorable de estos conflictos, y de la defensa aguerrida de la democracia liberal, desempeñaron un papel protagónico El Reino Unido y los Estados Unidos. Durante los últimos 100 años, se ha dado por sentado que estas dos potencias representan el baluarte de las libertades democráticas que constituyen la esencia y el mayor tesoro de la civilización occidental.

Tal como se ha conformado a lo largo de varios siglos, lo que se entiende por democracia liberal en las naciones occidentales lleva implícitos los siguientes elementos, como condición sine qua non: separación de poderes; sistema de frenos y contrapesos; límites al poder discrecional del ejecutivo; Estado de Derecho; libertad de conciencia; libertad de opinión; prensa libre; derecho de propiedad; libertad de empresa; justicia independiente; igualdad ante la ley; elecciones libres y transparentes; protección de los derechos de las minorías, y de las libertades individuales frente al Estado. Un gobierno que empieza a erosionar uno o varios de los elementos mencionados está revelando síntomas del virus autoritario y se convierte en una amenaza para la democracia.

Por una coincidencia, tanto El Reino Unido como los Estados Unidos están enfrentando amenazas internas al sistema democrático por parte de gobernantes inescrupulosos, que quebrantan las normas y abusan del poder para satisfacer sus intereses personales. Boris Johnson y Donald Trump, quienes comparten este tipo de comportamientos, provienen de medios sociales diferentes. Johnson pertenece al segmento del establecimiento británico que, por su educación en Eton y en Oxford, se considera llamado a regir los destinos de la nación, como un privilegio que le corresponde por derecho propio. Trump, descendiente de inmigrantes, nacido en Queens, es un empresario de casinos fracasado y un especulador de propiedad raíz de prácticas financieras poco ortodoxas, que no ha logrado ser aceptado por la élite neoyorquina. Los dos personajes coinciden en su desmesura, su indelicadeza, su mendacidad y en el desorden sentimental que produce tratar a las mujeres como juguetes sexuales.

El comportamiento autoritario de ambos los ha conducido a la ilegalidad. Johnson suspendió las sesiones del parlamento por cinco semanas. Trump intentó extorsionar al presidente de Ucrania para que le ayudara a perjudicar a su adversario político, Joe Biden. Ambos tropezaron con mujeres valerosas. En Londres, Lady Hale, presidenta de la Corte Suprema declaró ilegal la clausura del parlamento. En Washington, Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes puso en marcha el inicio de un juicio político contra Trump.

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