.
Analistas 14/07/2021

La esclavitud del horario flexible

Regino Navarro Ribera
Consultor empresarial y coach

“Como usted es persona de confianza, tendrá horario flexible, trabajará por objetivos, atendiendo sus responsabilidades. Procure por favor estar disponible”. Esta frase que llena de orgullo y alegría a quien la recibe, se puede convertir en un pequeño martirio. Al comienzo poder disponer de libertad para organizar el horario, compaginando las obligaciones laborales con la familia y con las necesidades personales es el sueño anhelado desde antiguo. Quizá se necesitó en ese momento un aprendizaje para incorporar el nuevo formato de trabajo, pero eran tantas las ventajas que ya llegarían los beneficios cuando se cogiera el pulso a este sistema que era privilegio de los primeros cargos. Fue pasando el tiempo y las cosas no terminaban de cuadrar sino más bien lo contrario, la calidad de vida se iba deteriorando casi imperceptiblemente, hasta que un día explotó en la mente: “esto no es lo que yo había soñado, ¿esto es lo que quiero?” ¿Qué pasó?

Hablemos de dos posibles causas. La primera la indisciplina y la segunda el concepto de disponibilidad. La indisciplina que lleva a la adicción a lo urgente, mejor a lo inmediato. Con las plataformas organizacionales o simplemente con el correo o redes, tanto jefes como colaboradores pueden dar indicaciones y encargos, pedir informes y preguntar en cualquier momento. Cualquier dato que se necesita se reclama sin medir las consecuencias. Y curiosamente quien recibe el mensaje actúa de la misma manera, deja de hacer lo que hacía y responde de forma inmediata casi siempre.

Se crea así una red de información inmediata, que parece práctica pero que desde luego impide el trabajo serio y profundo, la continuidad en lo que se hace. Claro, siempre hay una razón que justifica actuar así: “Disculpa la hora pero lo necesito para mañana temprano”, es la frase que anticipa el temible WhatsApp. Se crea muy rápido una adicción a lo urgente, a lo inmediato donde el impulso de enviar y responder es permanente.

La otra causa de esta situación es el paradigma de la disponibilidad por el que se asume, de forma no muy consciente, que esa es una obligación normal, que así es la nueva forma de trabajar, que es el compromiso que se adquiere con esta modalidad de trabajar. Es una mentalidad cada vez más difundida entre ejecutivos. El resultado es que el formato “no hay horario” significa que siempre hay trabajo. Tener el celular a mano significa tener la puerta de la oficina siempre abierta, y además estar disponible para hacer horas extras día y noche y fines de semana. En vacaciones, por supuesto, hay que estar a mano por si surge una emergencia que a menudo se presenta. ¡La esclavitud del horario flexible! La pregunta es ¿aumentó la eficiencia, la productividad? No sabría decir, por lo pronto aumentó el trabajo.

Además, hay otro costo que es el emocional. Un cansancio paulatino y permanente abre el camino a un estrés permanente que mina la concentración mental y el estado de ánimo. Por último, otro factor es la vida de familia, pues tanto el cónyuge como los hijos se pueden sentir desplazados por los requerimientos profesionales, y comienzan así quejas, reclamos y malestar. Se va cerrando el ciclo, desde la euforia inicial del horario flexible hasta las dificultades personales y de relación que rebajan la calidad de vida. Quizá llegó la hora de poner límites al horario flexible.