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Analistas 28/04/2026

Mi Valle del Cauca

Paula García García
Conductora Red+Noticias

“A lo lejos se ve mi pueblo natal. No veo la santa hora de estar allá. Se vienen a mi mente bellos recuerdos. Infancia alegre que yo nunca olvidaré”.

Sueño con regresar a Cali, quienes me conocen lo saben. Por eso esta canción, Mi pueblo natal, del Grupo Niche y en particular, esta estrofa, representan mucho para una caleña que a la distancia palpita por su esencia, pero que cada día teme más por el presente y el futuro de una tierra que solía ser sinónimo de pujanza y civismo. Hoy, por cuenta de una política permisiva, carente de liderazgo, los criminales pretenden graduarla, al igual que a buena parte del departamento y del suroccidente de país, como epicentro del terrorismo y la violencia extrema.

Fueron 26 atentados en 48 horas desnudan la ausencia total de inteligencia militar y policial. Obvia conclusión, aunque muy diciente, sin duda. No obstante, también obligan a recordar la pérdida de control territorial por parte del Estado que se empezó a gestar con el estallido social de aquel 28 de abril de 2021. Casi que coincidiendo con la fecha exacta, cinco años después, a través de la orquestada arremetida violenta, unos sanguinarios narcoterroristas les dicen a los colombianos a través del lenguaje de los carros bomba, cilindros explosivos y hostigamientos armados: “Lo logramos. Nosotros ganamos”.

Nada es casual. Lo que sucedió en su momento con la capital del Valle del Cauca, protagonista de un descontrol urbano sin precedentes, tenía el objetivo de consolidar una degradación social que validara la anarquía y el caos. La elegida, una ciudad visible en una zona sensible por su ubicación geográfica. Todo, estratégicamente pensado. Todo, milimétricamente calculado. Además, cual si el universo hubiese conspirado en contra; en medio del desconcierto nacional, el ejercicio de autoridad se quedó corto. Al gobierno central de la época le faltó contundencia para restablecer el orden como su deber manda mientras el alcalde, para ese entonces en ejercicio, comulgaba de manera abierta con las que tildaron de “nuevas formas de lucha”.

Cinco años después, es Cauca - el departamento que vio nacer a la vicepresidenta, otrora aguerrida lideresa que denunciaba con vehemencia las afugias de su gente−, el que está bajo fuego. Es Jamundí, al mando de alias Iván Mordisco al que tarde, muy tarde, se acordaron de bombardear. Es Tuluá, sometida por la estructura delincuencial La Inmaculada con la que el pasado diciembre, el propio Gustavo Petro, autorizaba el “inicio de acercamientos exploratorios”. Es, el actual gobierno, ofreciendo una nueva millonaria recompensa y convocando a otro de los cientos de consejos extraordinarios de seguridad a los que recurre cual inamovible cartilla sin que del trillado ejercicio se desprendan soluciones concretas.

¿Cómo llegaron a esto dos territorios hermanos? Basta hacer un poco de memoria para entender la revuelta que aparentaba ser una copia recargada del Chile inconforme de 2019 y descifrar que, en realidad, los intereses siempre fueron distintos. Sobra la lectura entrelíneas cuando con contundencia hablan los hechos: ataques coordinados versus incontables y desesperados llamados de las autoridades regionales a un Jefe de Estado, en paralelo, en redes sociales, celebrando su cumpleaños.

P.D.: son sus compatriotas los que están muriendo, Presidente.

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