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Trabajo en educación hace más de veinticuatro años. Vivir rodeada de niños y jóvenes que empiezan a descubrir la vida puede ser un factor importante que ha influido en mi vitalidad y en ese carácter juvenil que muchas personas me atribuyen como cumplido cuando revelo mi edad y la respuesta suele ser: “Dios mío, no puede ser…”. Esa incredulidad -sana y halagadora- siempre me hace sentir bien.
Pero, visto desde otro ángulo, trabajar en educación también implica tropezarse de frente con la fragilidad de la vida y con desafíos que nos comprometen desde el alma a transformar de manera positiva la existencia de todos los niños y jóvenes que pasan por nuestras aulas. Es presenciar sonrisas y alegría, pero también tristeza, confusión y dolor.
Escuchar el llanto intenso de una adolescente la semana pasada me movió el piso y me tocó el corazón. Cuando se trata del sufrimiento de los jóvenes, nadie debería ser indiferente. El encuentro en un pasillo me detuvo de repente y congeló el tiempo. Sin comprender del todo lo que sucedía, mi corazón empezó a palpitar con fuerza y, al regresar a mi escritorio, una afirmación se hizo clara en mí: la vida sí se ha vuelto más dura.
Y aunque nos encante etiquetarlo todo y llamar a esta la “generación de cristal”, debo decir -en su defensa y siendo madre de adolescentes- que el mundo es un lugar mucho más difícil del que nosotros experimentamos. No podemos culparlos por estar confundidos o sentir miedo cuando este es el clima emocional y social en el que todos respiramos.
Vivimos en una era de dopamina y cortisol en exceso. Sentimos con mayor intensidad la ira, la frustración y el miedo. La ansiedad no expresada se convierte en pequeñas chispas que se encienden ante cualquier estímulo. Nuestro cerebro está sobrecargado, nuestra conciencia adormecida y nuestro corazón herido. Las heridas se sienten más y se abren con mayor facilidad. O, a veces, ni siquiera nos damos cuenta de que están allí y de que tenemos la responsabilidad de sanarlas. Son como una peste ancestral que se transmite de generación en generación y que se convierte en trauma. Esa pequeña alerta aparece cuando tenemos dificultades en nuestras relaciones amorosas o cuando buscamos sin cesar una autoestima perdida.
Se sabe que la exposición crónica a niveles elevados de cortisol puede afectar funciones cerebrales, generando ansiedad, depresión y problemas cognitivos. Así mismo, el exceso de dopamina puede provocar búsqueda compulsiva de placer, ansiedad y comportamientos agresivos. Gran parte de esta problemática está relacionada con estímulos digitales que saturan el cerebro, llevando a la desensibilización y a la dependencia. Entonces, ¿cómo culpar a una generación de jóvenes que está inmersa en este universo tanto como nosotros?
Existe una especie de aversión a mirar hacia adentro y descubrir lo que duele y confronta. Nos refugiamos en frustraciones momentáneas cuando las cosas no salen como queremos. Maldecimos en un trancón del cual somos parte, nos enfurecemos cuando un vuelo se aplaza, perdemos la paciencia en una fila o tratamos mal a quien nos sirve la comida si llega fría.
Las verdades que emergen cuando nos miramos al espejo nos hablan de estar perdidos y de no saber cómo explicarlo. Sentimos -sin poder nombrarla- una desazón emocional y espiritual. Observo entonces a la generación que nos sigue, atrapada entre más estímulos, más información y más confusión, pero con cada vez menos herramientas para el autodescubrimiento y el autoconocimiento. Un ciclo casi irrompible.
La diferencia es que juzgamos con dureza a esos jóvenes, sin reconocer que son producto de una dispersión generalizada que no nos permite saber hacia dónde mirar ni a qué darle verdadera importancia. Vivimos en universos individuales, como un mar de burbujas que nunca se tocan, porque hemos perdido la capacidad de ver y sentir al otro. Esa es una de las causas de la crisis de salud mental en el mundo. Estamos juntos, pero solos. Contagiándonos de un déficit de atención hacia lo esencial. Dejando los obstáculos a la suerte y viviendo en un afán permanente por existir sin presencia. Por vivir sin ser.
Es cierto: cada día es más difícil enseñar. Pero los culpables no son los niños dispersos; los adultos también lo estamos. Ese día rompí la burbuja. Regresé al pasillo con un sentimiento inmenso de compasión por esa niña y, con tan solo preguntarle qué sentía, su rostro cambió. Le dije: tienes derecho a sentir rabia, dolor y tristeza; lo importante es qué haces con ellas.
Me senté a su lado, respiramos juntas durante un rato y un vaso de agua fría terminó de calmar su ansiedad. Estos pequeños gestos de cuidado y encuentro son poderosas herramientas de aprendizaje para navegar la vida.
El mundo necesita más de nosotros: más presencia y más contacto humano. Necesita que aprendamos a reconocernos, a reconocer nuestras emociones y a regularnos. Es una responsabilidad universal. Porque si hay algo cierto es que la vida sí se ha vuelto más difícil. Educar en este contexto exige mucho más que métodos y resultados. Exige conciencia, presencia y humanidad. Los niños y jóvenes no necesitan adultos perfectos, sino adultos disponibles.
Hoy la situación es igual, pero además prioritaria, urgente y necesaria para la estabilidad de EE.UU. que es la del mundo mismo. Esto lo tiene claro Trump, sabe que Putin merodea hace rato esta basta región del Ártico
La gratitud funciona como un botiquín de emergencia que no se guarda en el baño sino en el centro del pecho