Son muchos los que con dificultad sobrevivieron a 2020, otros ni siquiera lo lograron. El año más difícil de la historia del que cualquier generación viva tenga recuerdo. Por un lado, nos golpeó la pandemia que hasta el día de hoy se acerca a los 75 millones de contagiados y va rápido cobrando dos millones de vidas. Y por el otro lado la crisis económica que no podemos seguir midiendo por índices bursátiles, grado de inversión, crecimiento o PIB.

La crisis debe tener rostro y tiene que ser medida por historias reales, como la de Lina Medina, madre soltera que no pudo pagar más la universidad de sus dos hijos. Marcelo Pereira a quien le tocó cerrar el negocio familiar, una litografía que llevaba 15 años funcionando.

De paso su quiebra dejó otras seis personas sin trabajo. Germán Agudelo, quien tuvo que decidir entre sostener a su familia, garantizar un plato de comida y el pago de los colegios o pagar las cuotas de la hipoteca de su casa ¿Y adivinen qué?, ya la perdió frente al poderoso e insaciable banco y con ella se fue también el sueño cercano de un hogar propio. Y estas historias se cuentan por miles quizá millones en todo el mundo.

Todos esperando que 2021 les muestre algo de luz o por lo menos algo de alivio, y a cambio de su resiliencia les golpean el otro cachete: anuncian una reforma tributaria, que sería nefasta para los empresarios y las familias, sin descartar una reforma laboral que elimine beneficios a los trabajadores, y una reforma pensional que nos ponga cada vez más lejos de nuestro ahorros para la jubilación.

Y allí no terminan las cuentas en rojo para los colombianos. Los gremios ofrecieron un aumento de 2% del salario mínimo, es decir $600 diarios ¡No sean miserables!, o como diría Christian Daes “mandan huevo”. En esos $600 diarios se esfuma cualquier posibilidad de reponerse en 2021. Y tendremos que ponderar: seguramente tampoco alcanzará para un incremento de 14%, como piden los sindicatos, pero ofrecer 2% es ser muy cara dura, poco empático e indiferente con la realidad de 14 millones de colombianos que ganan el mínimo.

Miserable los que proponen una reforma tributaria para eliminar exenciones y aumentar la base contributiva, y miserables los que no están dispuestos a ofrecer un mejor aumento en el salario mínimo. Por un lado las empresas necesitan eso que muchos llaman “gabelas”, porque son las empresas las que generan empleo, y por muchos beneficios tributarios que haya, Colombia sigue siendo uno de los países que más impuestos cobra.

De los impuestos que cobran a personas naturales, dicen que no son suficientes, pero por muy bajos que sean, muchos sentimos que caen en bolsillos rotos y no se ven reflejados en una mejor calidad de vida de los ciudadanos.

Por el otro lado, sobre el incremento del salario, las familias necesitan dinero, porque la base de la economía es el consumo y si no hay con que consumir nada se reactiva, hay que mejorar la capacidad adquisitiva de los hogares para poner a circular el dinero.

Y ahora si usted está en Bogotá, súmele esto: no solo es una de las ciudades más costosas del país, es decir los $600 diarios le alcanzarían para menos, sino que ahora la alcaldesa quiere cobrar sobretasa a la gasolina, a los parqueaderos e impuesto a los hogares que tengan dos o más carros ¡Qué miserable!