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En su más reciente Estado de la Unión, el presidente Donald Trump volvió a demostrar su capacidad para dominar el escenario. Fue un discurso largo, cuidadosamente coreografiado, cargado de homenajes, símbolos patrióticos y momentos diseñados para la televisión. Pero, más allá del ritmo y la puesta en escena, quedó una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿dónde estuvo el plan?
El presidente Trump, en vez de vender el sueño americano, lo que hizo fue vender la pesadilla americana. Habló de matanzas. Habló de una América oscura, sitiada, permanentemente amenazada.
Construyó un relato de crisis constante que puede ser eficaz electoralmente, pero que no necesariamente ayuda a gobernar. Porque cuando el país escucha a su líder describir un panorama sombrío sin un marco claro de soluciones estructurales, el efecto no es movilización; es fatiga.
Es cierto -y debe reconocerse con honestidad intelectual- que su administración ha limitado la entrada de indocumentados por la frontera. Eso es excelente en la medida en que un Estado de derecho requiere orden y procesos legales. Hay que hacer las cosas legales. El control fronterizo no es patrimonio ideológico de un partido. Es una función básica del Estado.
El problema no está ahí. El problema es que la política migratoria interna del país ha sido un desastre. Ha sido penosa. Operativos federales mal coordinados, tensión innecesaria con autoridades locales y un clima de temor que termina afectando no solo a inmigrantes indocumentados, sino a comunidades enteras. Cuando la aplicación de la ley deriva en muertes de ciudadanos estadounidenses o en el uso cuestionable de la fuerza, eso no se puede permitir. La autoridad del Estado pierde legitimidad cuando no se ejerce con proporcionalidad, supervisión y transparencia.
Pero incluso dejando de lado la migración, el vacío más evidente del discurso fue económico. El estadounidense promedio -republicano, demócrata o independiente- no está consumido por la retórica partidista. Está consumido por el precio del alquiler, por la hipoteca, por los intereses de las tarjetas, por la inseguridad financiera. Estados Unidos enfrenta un déficit estructural de vivienda que ronda millones de unidades. Las tasas hipotecarias, aunque han descendido desde sus picos recientes, siguen en niveles que restringen el acceso a la propiedad. El crédito continúa siendo costoso para pequeñas y medianas empresas.
En ese contexto, el presidente volvió a hablar extensamente del pasado. Comparaciones con la administración Joe Biden, alusiones constantes a logros anteriores. Es cierto que durante el período posterior a la pandemia se registraron cifras históricas de recuperación laboral. Pero gobernar en 2026 no puede consistir en litigar 2021. El país exige dirección futura, no revisión permanente del retrovisor.
Si realmente la “era dorada” que tanto invoca el presidente quiere ser algo más que un recurso retórico, necesita traducirse en metas medibles: acelerar la construcción de vivienda, reformar procesos regulatorios que encarecen el desarrollo, coordinar con la Reserva Federal un entorno que facilite inversión productiva sin desatar inflación, incentivar manufactura estratégica y tecnología avanzada. Y eso exige cooperación.
Con elecciones de medio término en el horizonte, este es el momento de poner el país primero. Es el momento de que los demócratas se pongan serios y articulen objetivos claros, con plazos y métricas. Pero también es el momento de que el presidente Trump entienda que la grandeza nacional no se impone desde el podio. Se construye con mayorías legislativas, negociación responsable y estabilidad institucional.
Menos América oscura. Más América posible. Menos espectáculo. Más acción.
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