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No lo están diciendo en voz alta, pero está escrito. La propuesta de convocar una Asamblea Nacional Constituyente no es un simple mecanismo para mejorar lo que no funciona. Es, en esencia, una invitación a desmontar el andamiaje institucional para reemplazarlo por otro, con un sello ideológico claro. Y quien no lea el documento completo, quien se quede en los titulares o en la narrativa emotiva de una supuesta nueva oportunidad histórica, puede ser cómplice del desastre.
El texto arranca con una tesis provocadora y peligrosa: Colombia está atrapada en un “bloqueo institucional” que impide materializar derechos y avanzar en reformas. Esa afirmación es la justificación perfecta para desconocer los contrapesos democráticos. Cuando el sistema estorba, se plantea cambiar el sistema. Así de simple.
Pero lo más inquietante viene después. No se habla de ajustes puntuales ni de una constituyente de amplio acuerdo nacional. Se plantea, abiertamente, transformar la “organización del poder”, superar un modelo “elitista” y avanzar hacia esquemas de democracia directa con un “constituyente permanente”. Es decir, un modelo donde las reglas del juego dejan de ser estables y donde el poder puede reconfigurarse de manera continua, debilitando la representación y los equilibrios.
En paralelo, el documento deja ver un giro estructural en el modelo económico. Se cuestiona el rol del sector privado en la prestación de servicios públicos y se propone fortalecer la intervención del Estado bajo esquemas de economías mixtas. Más allá de una discusión técnica, es la redefinición del modelo de desarrollo, del papel del mercado y de los límites del Estado.
Hay otros conceptos que se enredan, pero que se traducen en riesgos: plurinacionalidad, integración latinoamericana con una orientación ideológica específica y una relectura del desarrollo bajo criterios políticos determinados.
Se intenta instalar la idea de que estamos ante una oportunidad similar a la de 1991. Pero la comparación es, por lo menos, forzada. La Constituyente del 91 fue el resultado de un acuerdo amplio en medio de una crisis nacional, no de una agenda previamente definida desde el egocentrismo de un presidente.
A todo esto, súmele el momento. Este debate no se da en medio de serenidad institucional ni de consensos amplios. Es en plena campaña electoral, convirtiéndolo en una bandera de campaña, exacerbando estigmas, prejuicios y luchas de clases. Dividiendo, radicalizando, polarizando… y, de paso, corriendo el foco de los problemas urgentes.
Por eso la discusión no puede quedarse en la superficie. No se trata de estar a favor o en contra. Se trata de entender qué tipo de Constituyente se nos propone y con qué objetivos. Por eso mi invitación es a que busque el documento, estúdielo, ponga diccionario, computador y enciclopedia al lado, llame, pregunte, asesórese… entiéndalo. Le aseguro que terminará, por lo menos, preocupado con eso que ya están poniendo a firmar a miles de colombianos.
Aunque aparezca mucha retórica encantadora, entre líneas lo que realmente hay es la concentración explícita de poder en un modelo ideológico, el debilitamiento de la democracia, la anulación de los pesos y contrapesos y el primer paso en el camino que ya recorrió la Venezuela de Chávez.
La etapa verdaderamente decisiva empezará cuando el Consejo de Seguridad entre en sus propias conversaciones
Debemos decirlo con claridad y sin rodeos: si no hacemos nosotros la política, nos la hacen. Si nos alejamos por fastidio o temor, terminarán decidiendo otros, y no tendremos ningún pretexto en el futuro para quejarnos por no haber sabido construir el país que merecemos
En un cuarto de siglo, operamos un cambio cultural drástico: lo que antes era el estándar de confianza hoy es sospechoso. Utilizar procesos analógicos pasó de ser una alternativa a considerarse un riesgo de ineficiencia y obsolescencia