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Analistas 11/08/2026

La obsesión más absurda

Ariel Bacal
Consultor empresarial
ARIEL-BACAL

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Warren Buffett vive en una casa de ladrillos rojos en el barrio Dundee de Omaha. Sus vecinos son profesionales de clase media: médicos, abogados, ejecutivos. Y él tiene US$150.000 millones. Si un economista progresista midiera la distribución del ingreso en esa cuadra, los números serían escandalosos. La concentración de riqueza, obscena.

Ahora vaya a Buyumbura, la capital de Burundi, uno de los países más pobres del mundo. En cualquier barrio de esa ciudad la distribución del ingreso es casi perfecta: casi todos tienen exactamente lo mismo. El problema es que casi todos no tienen nada. El ingreso per cápita es de menos de US$300 al año. La esperanza de vida, 62 años.

Si la distribución del ingreso fuera el problema más importante de la humanidad, como insiste buena parte de la academia global y los partidos de izquierda, deberíamos ver olas de migrantes saliendo de Omaha hacia Buyumbura. Ocurre exactamente lo contrario, y los que más lejos viajan para llegar a Omaha son precisamente los que salen de países como Burundi. Eso debería ser suficiente para cerrar el debate. ¿Sí o no?

La obsesión con la distribución no nace de una preocupación genuina por los pobres. Nace de la incomodidad que produce que algunos tengan demasiado. Es una obsesión enfermiza disfrazada de ética. El que realmente quiere reducir la pobreza pregunta: ¿cómo hacemos crecer la economía para que los de abajo suban? El que se obsesiona con la distribución pregunta: ¿cómo le quitamos a los de arriba?

Colombia tiene un laboratorio perfecto: el impuesto al patrimonio. Promovido por quienes se dicen preocupados por la pobreza, el resultado fue el opuesto. El recaudo quedó muy por debajo de las proyecciones, y el efecto colateral fue mayúsculo: el número de declarantes se redujo significativamente, afectando también el impuesto a la renta. Colombia no solo no recaudó lo esperado, perdió contribuyentes permanentes. Se redistribuyó nada, se ahuyentó inversión y los pobres siguieron igual.

¿Por qué seguimos insistiendo en actuar igual? Porque actuar diferente requeriría reducir el poder del Estado y eso nadie en el poder lo quiere. Esa “casta” burocrática de la que habla Milei no tiene ningún incentivo para regularse a sí misma. Es mucho más cómodo, más rentable y popular echarles la culpa a los ricos que hacer lo único que realmente funciona: dejar crecer la economía. Afortunadamente el gobierno actual parece entender el problema.

Por eso, mi querido lector, siempre que alguien justifique una política así, pregúntese: ¿esto nace de ganas de fregar a los ricos o de realmente ayudar a los más pobres? Y recuerde lo que dijo el filósofo inglés Bertrand Russell sobre Marx en 1952: “Marx pretendía querer la felicidad del proletariado. Lo que realmente quería era la infelicidad de la burguesía. Y fue por ese elemento de odio que su filosofía produjo el desastre”.

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