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Argentina, ¿qué salió mal?

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Mario Mesquita Economista Jefe de Itaú Unibanco

La coalición Cambiemos asumió el poder en Argentina a finales de 2015 insuflando optimismo a los mercados. De hecho, hubo muchos cambios importantes en poco tiempo que redujeron distorsiones micro y macroeconómicas creadas en las administraciones anteriores. Muchos de esos ajustes tuvieron costos de corto plazo relevantes, pero eran necesarios para permitir tasas de crecimiento más elevadas y sustentables a mediano y largo plazo. En 2016, la economía sufrió una retracción de 2,1%, sin embargo, en 2017 la economía creció un 2,7%. La inflación, que bajo la presión del cambio de precios relativos llegó a 41,0% en 2016, terminó 2017 en un 24,8%. Los resultados trajeron consigo dividendos políticos. En las elecciones legislativas de octubre de 2017, Cambiemos obtuvo una victoria expresiva.

No obstante, en 2018 la economía volvió a experimentar una recesión y la inflación se aceleró. En las elecciones primarias de ese año, el Gobierno sufrió una amplia derrota y señalan una alta probabilidad de que el candidato de oposición Alberto Fernández gane en la primera vuelta las elecciones presidenciales.

Pero a fin de cuentas, ¿qué fue lo que salió mal? Para aliviar el costo económico de los ajustes, el Gobierno tardó en reducir el déficit fiscal siguiendo una estrategia denominada “gradualismo”. En 2017, el déficit nominal del gobierno federal fue de 5,9% del PIB. A falta de un mercado local, esos déficits fueron financiados en gran parte por extranjeros, lo que contribuyó a sobrevalorar el cambio y generar también un déficit en cuenta corriente amplio.

Cuando en 2018 empeoraron las condiciones financieras para mercados emergentes, en función de la presión de la política monetaria americana, los déficits fiscal y externo tuvieron que corregirse rápidamente. Hubo una fuerte devaluación del cambio que elevó la inflación y depreció el salario real. Debido al alto grado de dolarización de la deuda pública, el nivel de endeudamiento bruto subió de 59% del PIB en 2017 al 109% actual. En su intento de suavizar los ajustes, el gobierno obtuvo financiamiento del FMI.

Tras las elecciones primarias, el financiamiento, que ya era escaso, desapareció. Como respuesta, el Gobierno postergó unilateralmente el pago de títulos de corto plazo emitidos en el mercado local. Una vez más, se implementaron controles de capital.

Una nueva reestructuración de deuda será un proceso lento que, mientras dure, dificultará la retirada de controles cambiarios y el financiamiento externo, penalizando el crecimiento de la economía.

La baja integración económica de Argentina con los demás países de América Latina indica que el contagio de la crisis al resto de la región continuará limitado. Al fin y al cabo, a pesar de haber desafíos fiscales relevantes en muchas de esas economías, el financiamiento del sector público es predominantemente doméstico y en moneda local y el balance de pagos es sólido. Aun así, la región debe aprender con la crisis argentina. Correcciones graduales de desequilibrios económicos tienen costos que aparecen en situaciones en las que la coyuntura global es desfavorable. Cuando se percibe la presencia de vulnerabilidades, los países deben aprovechar cualquier oportunidad benigna de la economía global para acelerar los ajustes necesarios.

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