Analistas 19/09/2019

¿Está la belleza en los ojos del que mira?

sta semana tuve la oportunidad de conocer un estudio de mercado según el cual a las jóvenes menores de 35 años no les basta verse al espejo a la hora de vestirse para saber si están bien. En cambio, se toman una foto y es esa imagen la que les dice si están listas para enfrentar el mundo ese día. Una foto, no para compartirla, sino para verse. Verse desde afuera, de otro ángulo. De cierta manera no me sorprende, pues una fotografía es objetiva, es un recurso que utilizo yo con mis clientas para que aprecien el cambio en su imagen. Pero de otro lado me parece increíble que no confíen en sus ojos, en la imagen que ven en el espejo.

Ver para creer, el hombre siempre ha tenido en sus ojos el arma más poderosa para asimilar el mundo, para distinguir entre la verdad y la mentira, ver para creer es una creencia tan arraigada que define la cultura. Pero, si hoy en día no podemos confiar en nuestros ojos, ¿qué dice eso acerca de nuestra manera de juzgar y percibir nuestro entorno?

Es muy recursivo e inteligente tratar de vernos como nos ven los otros para ser más imparciales en nuestra evaluación, pero, creo que también habla de un escepticismo y falta de conocimiento propio muy profundos. Que probablemente han estado siempre presentes pues la necesidad de aceptación no es nada nuevo. Y ahora con las redes sociales se ha magnificado, pues estamos expuestos a una audiencia mayor a nuestro circulo social inmediato, a aquellos con que tenemos interacción física. ¡Mucho más grande! En Facebook, la red social que lidera en usuarios, este año se registraron 2.271 millones de personas y en Instagram más de 1.000 millones, un aumento de 25% con respecto al año pasado.

El riesgo al escarnio público o al ridículo, por lo tanto, se ha incrementado de manera exponencial. Esto ha resultado entonces en nuevas maneras de mirarnos y de mirar al mundo que nos rodea. Habla también de una generación de consumidores más críticos, más exigentes y recursivos, con herramientas para estar mejor informados y con más número de validaciones antes de tomar una decisión.

De igual manera la posibilidad de proyectarse a gran nivel es mucho mayor. Hoy en día se pueden lograr oportunidades gracias al mundo digital que hace unos años eran impensables, o que requerían conexiones y proezas extraordinarias. Es apenas natural pretender entender qué ven los otros cuando nos miran, para así intentar alinear nuestra apariencia física con la identidad virtual. Estamos por lo tanto frente a consumidores ávidos de herramientas para catapultar su alcance, dispuestos a exponerse en pro de lograr sus metas, personas altamente ambiciosas y competitivas.

Si los clientes son así de críticos y ambiciosos consigo mismos es apenas lógico que esperen lo mismo de los demás. Las empresas deben por lo tanto sintonizarse con estas creencias y necesidades básicas del mercado. El escrutinio de los clientes ha de ser exhaustivo, y la oferta ser lo suficientemente sólida para soportarlo. El contenido de la promesa debe ser sustancioso para lograr cautivar las mentes y los corazones de los consumidores. Las marcas han también de alinear su avatar o representación digital con su realidad física, utilizar nuevos recursos de comunicación para mostrar al mundo lo que son, en qué creen y porqué son únicas. Parece entonces que aquellas propuestas de valor que contribuyen a la proyección de identidad personal se vuelven más relevantes y viables en el mundo de hoy.