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Analistas 14/02/2026

En Bogotá cualquiera mata

Santiago Angel

Gustavo Aponte era un hombre bueno. Es fácil saberlo por el dolor evidente de su padre que hizo énfasis en la pérdida de la bondad de su hijo para la humanidad. “Era un hombre dedicado a su familia, sus amigos y a la virgen”, dijo el padre a los medios apenas logrando hablar sintiendo un dolor inconcebible para alguien que no ha tenido ni cerca una experiencia similar.

Nadie sabe con certeza por qué lo mataron y la investigación seguramente se tardará tanto como se ha tardado la de Roberto Franco o la de Miguel Uribe. Pero su homicidio una tarde luego de salir del gimnasio al que iba con su escolta sí le ha dejado claro a Bogotá que en esta ciudad el que quiera matar lo hace con absoluta facilidad.

Esta semana en La FM revelamos una investigación sobre el barrio Santa Fe en la que probamos cómo se puede comprar armas ilegales desde un millón de pesos, e incluso granadas. No hay requisas, no hay preguntas. En ese mismo barrio en el que tantas mujeres sufren la prostitución y los abusos de los hombres, las bandas criminales ofrecen servicios de sicariato al que tenga dinero para pagar. La muerte se compra como en una vitrina de vestidos y no hace falta más que sacar un dinero en efectivo, cuadrar una cita y entregar un nombre.

“La pinta que sea”, decía un sicario en Bogotá en un documental de un extranjero que vino hace dos años a la ciudad y se metió en ese mismo barrio a hablar con Los hombres de las cadenas de oro en el cuello y los revólveres de segunda mano. “Yo lo hago para comprarle la casa a mi cucha”, decía otro de esos jóvenes dispuesto a matar por fajos de billetes.

Ya no importa quién sea ni dónde. Hay sicariatos en el sur, en el centro, en el norte. No importa si se trata de un político protegido por escoltas y camionetas blindadas; un candidato presidencial, o un hombre cuya única visión en la vida era ayudar a otros. No importa si la huida es difícil, si se arriesga la propia muerte. No importa si lo que se mata no es solo otro hombre, sino el alma. El alma de una familia entera. No importa si el luto de otros dura para todo la vida, si se aniquila la posibilidad de volver a sonreír a una madre o a una esposa y sus hijas.

Escribo también con miedo porque no se puede estar tranquilo en Bogotá siendo periodista e investigando a poderosos todos los días. No se trata de esquemas de seguridad de la UNP ni de escoltas privados. Bogotá está en una crisis de terror porque comprar la muerte está en descuento.

Y nadie hace nada. La vida sigue para todos menos para las familias destrozadas que ya no escuchan esas voces amadas en los pasillos de sus casas. No imagino cuánto tiene que doler el silencio.

El alcalde Galán está fracasando en seguridad en Bogotá y su mayor problema es la inoperancia para combatir el sicariato. Ya no puede haber excusas. No se puede vivir en una ciudad en la que caminar de tanto miedo. No se puede vivir en una ciudad en la que duela tanto el corazón por la tragedia ajena todos los días hasta que de repente un día toque a la puerta.

Señores del Gobierno nacional y local, no se puede vivir así. Paren a los sicarios.

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