Analistas 24/11/2020

Metrocable: revolución pacífica mundial

La zona Nororiental de Medellín cumple 100 años. En el pasado, el narcotráfico y la indiferencia del Estado permitieron que la Nororiental fuese un territorio temido. Ahora es tierra promisoria, renovada y ejemplo urbano para el mundo. Allí se asienta el primer Metrocable de transporte masivo en el planeta y el primer cable del mundo conectado a un metro. Fue una innovación de calidad mundial.

La Nororiental tenía pocas y malas vías; no cabían dos carros al mismo tiempo en sus inclinadas y angostas vías. Pocas y malas escuelas. Incipientes espacios públicos. En las noches la circulación ciudadana era restringida por el miedo y por ilegales.

Murallas invisibles que truncaban la movilidad ciudadana, se erigían como tenebrosos alambrados que anunciaban la muerte de quien los cruzara. Alguna vez una dama joven y bonita me abordó en un supermercado y me confesó que tuvo que renunciar al trabajo porque terminaba a las 10 de la noche y no tenía manera de llegar a la comuna en ningún transporte. Así les toca a los pobres en este país.

Cuando era alcalde de Medellín, un buen loco francés me sugirió construir por primera vez en el mundo cables para transporte masivo. Antes, solo eran para turismo o para selectos grupos. Es emocionante compartir conversaciones con los buenos locos. Los buenos locos son una bella sinergia entre fantasía y realidad, están cerca a la genialidad; y no tienen limitaciones para la imaginación. Demasiada cordura no nos lleva lejos.

Ese buen loco francés me encendió la ilusión de que Medellín era la ciudad perfecta para impulsar cables para transporte masivo y unirlos al metro. Sugirió cinco cables. En la Nororiental; en la Sierra; en Parque Arví; en la Noroccidental y en San Javier. Le pregunté cuál era el más fácil. El de la Noroccidental, dijo. Pero me regañó y agregó: se debe preguntar siempre cuál es el más difícil y hacerlo, para convencer.

Mi gran amor por la Nororiental me hizo enamorar del Metrocable más difícil y me cautivó la ilusión de ver la Nororiental floreciente, con ciudadanos felices viajando en primera clase a todas las horas e integrados al metro. Con la loca idea del metrocable me soñaba derrumbando esas odiosas murallas que partían la ciudad en dos territorios antagónicos e injustos.

Me consagré a construir el cable de la Nororiental con la gran empresa Metro. Soñaba con un símbolo liberador de tantas carencias e injusticias. Cuando se anunció que la Nororiental tendría un ramal del metro con las tecnologías del cable, las reacciones fueron extremas. De un lado, la gente de la comuna no creía, acostumbrados a que no les cumplieran las promesas.

Veían exótico que una obra de tecnología y de costo tan alto se construyera en sus humildes barrios para elevarlos por encima de sus desgracias. La costumbre es hacer las grandes inversiones en los sectores más desarrollados y pudientes.

Muchos políticos aman más perpetuar la necesidad de los débiles, que los mantiene eternamente como candidatos a salvadores, que la solución feliz que los convierte en líderes con voz en la historia. De alguna manera, la política se deja dominar por la mala idea de hacer obras de pobres para pobres y no obras de ricos para pobres. Con obras publicas pobres para pobres, la gente sigue más pobre. El Metrocable fue una obra de ricos para pobres. Muchos la declararon obra suntuaria. Y no faltó un conocido dirigente que con desprecio dijera que el Metrocable era la garrucha de Luis Pérez.

El Metrocable tuvo muchas dificultades. Menciono una: fue humillante que en la licitación de construcción del Metrocable las aseguradoras no quisieron vender las pólizas contra daños y terrorismo. Decían que la Nororiental no aguantaba ningún seguro; que lo que se invirtiera allá era botar el dinero. Dos licitaciones fueron desiertas, nadie vendió las pólizas.

Qué vergüenza histórica de insolidaridad. Metrocable fue posible por la creación de un fondo contingente para reemplazar los seguros. Y por el Metrocable, Medellín fue declarada la ciudad más innovadora del mundo. Y así, sus antiguos detractores se convirtieron en sus apasionados amantes. Toda buena obra es un gran argumento explosivamente silencioso.

El Metrocable devolvió la fe de que si existe futuro en la Nororiental. Los empresarios no iban a la Nororiental. Con el Metrocable la Asamblea de la Andi se clausuró en la Nororiental. El Presidente Bill Clinton, viajó en Metrocable. Un presidente de EE.UU. fue un pasajero más del Metrocable. Y comparó el Metrocable con la caída del Muro de Berlín. Acompañé a Bill Clinton en 2017 en Medellín y lo escuché decir: “si ustedes suben hasta allá y piensan cómo era la vida antes y cómo es ahora, ven que la paz es mejor que la guerra. Y que la comunicación es mejor que el conflicto…”

El Metrocable es símbolo de una revolución pacífica. Movilidad en primera clase para los barrios populares; pacificación del territorio; derrumbe de murallas imaginarias; inclusión social; renovación urbana; dinamización del turismo y la economía; nacimiento de la valorización de las propiedades, lo que antes no existía en los barrios populares.

Subir en Metrocable a la Nororiental es una experiencia conmovedora, excitante, es un paseo a la imaginación, es un encuentro con la justicia social. Cada cabina, es un símbolo de esperanza, para una comunidad que antes estuvo apeñuscada en la desesperanza.

Los Metrocables hacen más de 25 millones de viajes año y están próximos a sumar 200 millones de viajes en total. Aquí sí se aplica la bella frase: quien es capaz de ver lo invisible es capaz de lograr lo imposible.