La verdadera cara del petrismo

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La mezquindad con la cual la oposición ataca a Peñalosa los ha llevado al delirio. Por ahora hay tres acciones de nulidad, una acción de cumplimiento, una acción popular y nueve tutelas en contra de la línea del metro que se contratará -por fin- en los próximos meses.

El petrismo, esa criatura mutante producto de la radiación que proviene del Chernobyl venezolano, no solo está dispuesto a paralizar a la ciudad -y a condenar a sus ciudadanos al trancón eterno- sino que el odio los ha enceguecido hasta tal punto que no les importa hacerse daño a sí mismos con tal de dañar a los otros.

Basar un programa político en la construcción de un metro subterráneo en Bogotá, en contraposición al metro de altura propuesto por Peñalosa, es de por sí, absurdo. Los sistemas de transporte masivo en el mundo son todos multimodales: tienen metro, buses, tren de cercanías, automóviles, taxis, autopistas, tranvías, teleféricos, bicicletas, patinetas y hasta barcos, cuando la ciudad lo permite. De hecho, la mayoría de los sistemas de metro, incluyendo los de Londres, París, Nueva York y Madrid, son elevados y subterráneos a la vez.

Uno supone que el dogmatismo con el cual defienden la idea de un metro subterráneo, se debe a una cínica estrategia electorera que busca explotar la desesperación de los bogotanos con la crisis de movilidad. Eso es lo que hacen los populistas: vender falsas esperanzas. Sin embargo, como el mentiroso que dice tantas mentiras que se las acaba creyendo, Petro acabó rechazando la posibilidad de una alianza con Claudia López porque esta prometió continuar con la obra de Peñalosa si quedaba contratada.

Lo paradójico del asunto es que la decisión del petrismo casi que garantiza la elección de López como alcaldesa. Y no solamente eso, al apoyar al defenestrado Hollman Morris (quien tiene cuatro denuncias por acoso sexual y dos por violencia intrafamiliar), la Colombia Humana muestra que es un partido que vende retórica progresista, pero que en últimas lo único que le importa es llegar al poder y quedarse en él.

La supuesta “tolerancia cero” en contra del maltrato y esa agenda hiperfeminista, de la cual se ufanaba, es y siempre ha sido puro cuento. Pronto veremos a las cincuenta líderes (¿o se dirá lideresas?) del petrismo, que amenazaron con abandonar el movimiento si este adhería a Morris, volver a su entraña esgrimiendo algún tipo de excusa. Siempre la encuentran. Dirán que la Pachamama perdonó a Morris en un ritual indígena y que eso vale más que la justicia burguesa, o algo por estilo.

Todas y cualquiera de las posiciones políticas del petrismo es insulsa. Ahora es la defensa del metro subterráneo, pero mañana, si este se construye, afirmarán que lo que Bogotá necesita es un sistema de teletransportación cinético. O que la manera de combatir el cambio climático es que todos los colombianos seamos vegetarianos y nos dediquemos a comer algas marinas. El episodio de Morris ha demostrado que, al final del día, la verdadera cara del petrismo es que no tiene cara.

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