miércoles, 20 de febrero de 2019

Más columnas de este autor Luis Guillermo Vélez Cabrera - lgvelezcabrera@gmail.com

La última vez que Colombia intentó cambiar por la fuerza el régimen político en otro país fue hace 200 años, en las guerras de independencia. Ahora lo está intentando de nuevo, liderando junto con los Estados Unidos, una coalición de países cuyo objetivo es el derrocamiento del régimen dictatorial de Venezuela.

Esto marca un viraje en la política exterior colombiana, muchas veces criticada por estar apegada a los ritualismos legales y al multilateralismo insulso. La decisión de Duque de hacer todo lo posible para tumbar a Maduro, lo cual anunció desde la campaña y ahora está ejecutando, no es poca cosa.

Hay quienes pensamos que, desmovilizadas las Farc, el principal problema de Colombia es el Estado delincuente del vecino país. Su existencia dificulta el combate contra el ELN y dinamiza las estructuras mafiosas locales; para no hablar del impacto de la crisis humanitaria venezolana: 1,5 millones de refugiados que requieren empleo, salud y educación. Además, la incertidumbre política afecta la confianza de los inversionistas, los cuales ponen su dinero en Colombia mirando de reojo lo que pasa en Venezuela.

Motivos no faltan para que Maduro se vaya y el presidente de Colombia tiene el deber de hacer que esto ocurra. La pregunta es cómo. Duque ha tomado la decisión de hacerlo de frente, apoyándose en los halcones que mandan en Washington. Esto le ha servido para mostrar madera de estadista -que la tiene- y ha repercutido positivamente en su popularidad interna.

Sin embargo, este es un camino riesgoso. Esos mismos halcones tienen un prontuario mixto: exitosos en contener el comunismo en Centroamérica, pero responsables de las debacles de Iraq y Afganistán. Su estrategia es de escalamiento incremental, que no es otra cosa que subir la confrontación al ritmo de respuesta del contrincante. El problema de esta estrategia es que sabemos dónde empieza, pero no dónde termina.

La proclamación de Guaidó, el reconocimiento internacional y la amnistía, no llevaron a la sublevación de las fuerzas militares. Ahora viene el ingreso de la ayuda humanitaria, que, aunque necesaria, constituye una provocación. Hasta ahora los detalles del operativo son desconocidos, pero no parece que un concierto de tropipop le ablande el corazoncito a la Sebin. Eso ni el flautista de Hamelín. De todas formas, si la ayuda pasa, Maduro se desploma y si fracasa, el escalamiento continúa. Y es ahí donde las cosas se empiezan a complicar.

El gobierno colombiano debe planear los posibles escenarios y entre ellos habrá algunos muy desagradables. Si bien la confrontación militar puede no ser el más factible, como lo asume la izquierda cómplice del chavismo, lo cierto es que intentar el cambio de régimen político en un país vecino no se logra tomando té y galletas.

El próximo sábado sabremos si la audaz apuesta del presidente despeja el futuro, abriendo toda clase de oportunidades para el país o si, por el contrario, nos introduce en un pantanal del cual no saldremos en mucho tiempo.