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No me refiero necesariamente a las cárceles, que cada vez más, hoy por hoy, son centros de delincuencia y han perdido todas sus finalidades: castigar y resocializar, pues a los delincuentes, además de imponerles penas y sanciones, hay que tratar de readaptarlos.
Pero este es un tema redundante del que, lastimosamente, no habla ninguno de los candidatos más allá de hacer alusiones electorales. Las prisiones deben ser totalmente reformadas en su concepción y funcionamiento para imponer, en primer lugar, la ley.
Pero, a raíz de esto, también quiero referirme a otro tipo de visión y concepto de libertad, y es esa que hemos venido perdiendo día a día todos, siendo apocados y casi anulados, porque, en últimas, estamos terminando viviendo en una esclavitud del mundo digital, dependientes y pegados, por no decir adictos, a las máquinas.
Basta con ir a cualquier sitio, casi sin excepción y me cuesta trabajo pensar en alguna, y observar. Es difícil encontrar a alguien que no esté sumergido, ahogado, devorado, por no decir idiotizado, con su smartphone. Hoy por hoy, las noticias falsas, léase amañadas y sesgadas, la mal entendida libertad de expresión y la deformación de la realidad han terminado por sustituir la realidad y la verdad. Y lo peor de todo es que nos estamos viendo inmersos en esto de una manera inconsciente, involuntaria y absolutamente adictiva, y muchas veces todo esto promovido por quienes nos gobiernan.
La malentendida eficacia y la velocidad sustituyen la verdad y la realidad. Nos mueven y nos movemos por sensaciones, y si bien los humanos percibimos primariamente a través de ellas, nos quedamos ahí, sin capacidad de filtros, de análisis, de razonar y, por ende, al vaivén de quienes las producen y de los algoritmos.
Cada vez más se pierde algo esencial al ser humano: el contacto físico, la mirada, incluso hasta los rituales tan importantes en nuestras tradiciones y que sirven para alimentar el alma, la forma, el deseo, el contacto directo entre nosotros los humanos. Curiosamente, los animales “irracionales” mantienen sus manadas, sus comunidades.
Como punto de reflexión, preguntémonos: ¿hace cuánto no nos sentamos y tenemos una conversación simplemente por conversar, sin ningún fin, desconectados totalmente de un teléfono? Y me atrevo a afirmar que la inmensa mayoría de nosotros, por no decir todos, vamos a contestar que no nos acordamos cuánto tiempo hace de eso. Esto termina intoxicándonos, volviéndonos ansiosos, volviéndonos adictos. Hemos cambiado las verdaderas muestras de afecto por likes; las comunidades se están extinguiendo y se convierten hoy en algoritmos de comunicación.
¿Cuál libertad? Antiguamente este derecho implicaba no ser esclavo físicamente; posteriormente, y en su verdadero concepto, se entiende como la autonomía. Sin embargo, hoy, y cada día más, mostrar libertad se ha reducido a unos clics en unos vínculos que realmente no escogemos, sino que nos van induciendo.
Puede que no suene popular, puede que suene anticuado, pero llega un momento en que nos saturamos de tanta información, de tanto mundo digital, y vamos perdiendo humanidad, espiritualidad y sentido de la vida.
La invitación es ser conscientes de estas prisiones y desconectarnos.
Remate. Therians: ¿libertad mal entendida o idiotez en su máxima expresión?
El asunto constitucional radica en determinar si las inversiones forzosas forman parte de la política de regulación de la actividad bancaria o de la política crediticia